14 Diciembre 2009


Para el manchego Jo, a quien le prometí
discursar sobre la naturaleza de La Mancha.
Una expresión que define certeramente qué es La Mancha nos la dejó escrita Sáenz Vivanco:
El paisaje manchego se ofrece siempre como motivo central. El río, el pozo, la corraliza con sus bardas, fuentecillas, arroyos, majuelos y olivos, anchuras de tierras, besanas, lagunas, rincones, callejas; La Mancha en la noche, en el día, en el atardecer, en la alborada; eras, vendimias, rastrojos, podas y siembras; geometría de surcos, confines, lejanías, espacio y luz y sombra.
Esta es La Mancha y cualquier paisaje que se aparte del contexto que el autor nombra, no es Mancha. Para conocer su encanto y sentirse arrobado, a La Mancha hay que mirarla como Dios manda, esto es calándola hondo, sintiéndola alto y llevándola adentro; y eso, ya se sabe que no está al alcance de cualquiera. Nuestra tierra, tierra de racimos y espigas, tierra de eucaristía, es tan señora y tan cabal que no puede darse de golpe y porrazo a la mirada superficial de cualquier visitante.
Es hermoso el paisaje si se le mira con fe y se le respeta. No lo puedo remediar, ando yo en mis caminatas envuelto en la gracia de los primores.
Tomo la carretera que me lleva a La Solana, pero es tarde y me detengo en Alhambra. Llego de noche y sólo quiero dormir. Una hermosa luna alumbra las calles de esta población de poco más de mil habitantes. Cobra prestigio el paisaje bañado bajo su influencia entre Ruidera y La Solana: monte entreverado con olivares y viñedos, tierras de candeal y romerales. Tan pronto lo que platea la luna es olivo como es roble. Tan pronto la tierra es de un blanco pálido como se arrebola hasta un bermellón. Es justamente el paisaje que se da en las mesetas de mil metros de altura y en un determinado paralelo. Si a Carlos III le hubiera dado tiempo, hubiera convertido estas tierras, mediante un canal desde Ruidera, en un vergel. Proyectado lo tenía. Hasta José Bonaparte intentó darle batalla al Guadiana y mandó estudiar un canal transversal partiendo de las lagunas de Ruidera. Me doy cuenta de que recorro una tierra llena de contradicciones, de sorpresas, y de atractivo.
De rojo corinto es el cerro sobre el que se yergue el Castillo de Alhambra. Impresiona su sombra poderosa de la misma forma que impresionó a los caballeros franco-aquitanios cuando llegaron a su poterna para arrebatárselo al moro. No es el pueblo lo que tiene importancia o interés turístico, sino sus cerros, antes que moros, latinos, cuando se llamó Laminium o Laminitana. Ruinas por todas partes y de grandeza castrense, pues Laminium fue defensa de una tierra en la que por su llanura inmensa todo eran caminos. Por lo demás, poca historia que sumar.
Los árabes la bautizaron con el nombre de Al Hambra, la Roja, y de rojo tiene el color la inmensa Marrakech, llamada precisamente Marrakech Al Hamra. Liberada de romanos y de moros, Alhambra pasó a ser una destacable encomienda de la Orden de Santiago.
Está bien por hoy, mañana…
Mañana será otro día.
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5 Diciembre 2009
Y de la Cueva de Montesinos, ¿qué?

Desde hace cinco lustros España le tiene declarada la guerra a los campos yermos, a los rastrojos, a la miseria, y aquí se ofrecían estas cosas enojosas. En el desierto lo único que se fabrican son fábulas. Aquí, a la vera de las Lagunas, se fabricó una encantadora después del descenso de Don Quijote a la cueva de Montesinos. Seguramente es la más bella de todas las que se cuentan en la obra inmortal. Ah, el palique de Montesinos con Don Quijote en la cueva: maravillosos relatos, cosas estupendas, palacios de mármol y de alabastro, damas encantadas… El Ama Ruidera, sus siete hijas, sus dos sobrinas, todas transformadas en lagunas por las artes maliciosas del Mago Merlín. La garla de Montesinos con Durandarte:
… A la presencia de la señora Belerma, la cual, con vos y conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros. Solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín de ellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha las llaman las lagunas de Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimismo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mismo nombre, el cual cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean.

¡Qué dominio del escenario! No conozco que nadie haya fabulado sobre la cueva de Montesinos y las Lagunas de Ruidera, pero doy por seguro que nadie va a superar el encanto con que la dice Cervantes. Me fascina tanto que yo creo que es real aquello que cuenta lo que ha vivido Don Quijote en la cueva y que son inoportunas y extemporáneas y molestas las preguntas que le dirigen Sancho y el primo, tan humanas, tan perecederas y tan mortales, como: “¿Y ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío?”
Esta pregunta tan soez me ha roto el encantamiento.
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28 Noviembre 2009

Como ya dije, me sale al paso Ruidera, un pueblo de aire ilustrado con poco más de cien casas, agrupadas, como un burgo en torno a un castillo, alrededor de un caserón que no oculta su noble linaje: los cartabones y el compás de don Juan de Villanueva. Carlos III, el mejor alcalde de Madrid según las crónicas, mandó acá al arquitecto Villanueva, que levantó puentes y edificios. Queda uno de ellos, un caserón que es una vieja fábrica de pólvora, abandonada y destartalada, que ocupa el mismo lugar que hace siglos ocupaban unos molinos de la Orden de Santiago. De lo que fuera patio de rosales y de arbustos de diseño no quedan ni escaramujos; de lo que fueran atarazanas del salitre, el carbón y el azufre con que se hicieron las últimas pólvoras imperiales, no quedan ni las caries.
Hoy Ruidera es una aldea montaraz que vive mucho del turismo y en la que los nietos de los nietos de los que nutrieron las santabárbaras de Trafalgar le pintan mayos a las muchachas en las paredes de cal de las casas. Todo pasa; todo, menos el rumor del agua.

El Guadiana, que se divierte jugando a saltar lagunas y hacer cascadas antes de esconderse por los predios de Villacentenos, salva trece de ellas y dos charcas, antes de volverse manso y vergonzoso; tan afrentado por sus ruidos baja que se ocultará por la heredad de La Membrilleja, citada y contado en el capítulo anterior.
Realmente estoy en mi gloria cuando tengo delante las lagunas de Ruidera. Pero, ¿quién dijo lagunas? Son quince hoyas escalonadas a lo largo de 25 km.; son lagos pequeños de aguas profundas, transparentes y corrientes. Es un paraje único el de estas caudalosas y permanentes aguas. Y raras son por cuanto se dan en la altiplanicie manchega con uno de los climas más extremos y secos de la Península.

¿Quién te nominó, que tan bien atinó? El ruido producido por la caída del agua de una a otra laguna es posible que a algún labriego o pastor se le ocurriera hablar de “La Ruidera del Guadiana”. Que ya es ruido desde el Cuaternario en esta región denominada en otro tiempo como Laminitana. Para un español de tierra adentro es siempre un goce el hallazgo del agua. Y encontrarla en este rincón lleno de paz, más si cabe. Está feo decirlo, pero éste es un lugar impar y novelesco, uno de los lugares más bellos y silenciosos de España. Y extraños. Un cintillo maravilloso, una tras otra, engarzadas por canalillos, cascadas y puentes naturales. Talladas en la roca caliza adquieren una forma circular o elíptica. Una correntía de agua sin solución de continuidad pasa y se remansa en lagunas y charcas merced al divertimento del Guadiana, unidas todas por una carretera. Las lagunas se llaman la Cenagosa, la Coladilla, la Colgada, la Batana, la Salvadora, la Redondilla, la Tinaja, la Corneja, la Blanca, la Lengua, la Sampedro, la Santo Amorcillo (¡ay!, siempre los diminutivos preferidos de por aquí), la del Rey (dos kilómetros de eje mayor)… Las charcas, la Escudera y la Nava del Caballo.


Si el viento azota (las conozco en todas las épocas) en la superficie se forma marejada. Un rumor de minúsculo mar caracolea entre las rocas y rompen las ondas sobre las orillas remedando maretazos. Con lo que le gusta al español de tierra adentro navegar, ¡cuántos pensamientos se habrán deslizado por estas lisuras y rizados!

Es un paisaje cerrado y de vegetación palustre circundando las lagunas: carrizales, espadañales, juncales de bajo porte (junco churrero); más allá, álamos, chopos, sauces, majoletos, zarzas, rosales silvestres, vid silvestre, cornicabra, quejigos…; es paisaje cerrado pero no de altas montañas, sino de breves y azuladas lomas y mogotes en el que las encinas ponen el verde sucio, y el amarillo los chopos de las riberas. Con el sol estos pantanos cobran irisaciones y una gama de entonados dorados o grises o azulados o verdosos le hacen parecer un topacio, o una perla, o un zafiro, o una esmeralda, según el capricho de la toba. El cielo gris le presta belleza melancólica. Perfuman las sabinas y flota sobre las aguas un silencio augusto al que sólo quiebra el grito de los grajos que vuelan en bandada. Juegan los patos en sus aguas frías. La vida está detenida pasado el verano, y sólo en Ruidera trajina el vecindario a la sombra de las ruinas del edificio de Juan de Villanueva.
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23 Noviembre 2009

Tomo el camino de Ruidera. Los campos yacen repolludos, Sierra Morena se estriba azulada a lo lejos y uniforme en su altura. Transito por la misma llanura parda, yerma, desolada, que ya conozco; pero en este extremo de la campiña, el más oriental de La Mancha, al paisaje le presta un poco de viveza, como alegrándola a trechos, esbeltos álamos y grandes chopos que destacan confusos, como velados, en el ambiente turbio de la mañana. Por estos paraje pasearía el bueno de don Alonso Quijano una y mil veces; su casa estaba en las afueras del pueblo – después extensa bodega-, lindando con la huerta, entoldado el camino de campo por una sombría arboleda. Saldría de casa con un libro en la mano, el mismo u otro, cansado de leer en su estancia y perdido en sus quimeras y embobado en sus ensueños. Ya sabemos que don Alonso Quijano era el hidalgo don Rodrigo de Pacheco, conmovido su ánimo por quién sabe qué tormentas y desvaríos. Ya lo apunté ayer, en la iglesia de Argamasilla se puede ver en un lienzo patinado, desgarrado, muy padecido, un personaje de ojos hundidos y espirituales, frente ancha, pensativa, labios finos y sensuales, y una barba rubia, espesa y acabada en punta. La pintura es un voto que el caballero le ofreció a la Virgen porque le libró de una “frialdad que se le cuajó dentro del cerebro” y que le hacía clamar grandes clamores “de día y de noche”. Está escrito debajo del lienzo.

Mas en fin, prosigamos la marcha. El paisaje se esfuerza en cambiar, diviso unas alamedas entre los recodos de las lomas bajas; las picazas, a modo de saludo, se levantan de los sembrados, vuelan en corto y tornan raudas a los surcos. Y después de estas piezas paniegas vienen los viñedos de nuevo. Y luego la vega, una honda cañada por donde el Guadiana discurre. Y ahí mismo, el castillo de Peñarroya, cuya ermita ha sido restaurada. Al pie del castillo está la presa y al fondo la que fuera famosa hacienda de “La Moraleda”, del conde de Gamazo, donde se celebraban cacerías reales, saraos, y donde se movieron muchos hilos de la política nacional. Por el cauce del Guadiana aún se ven restos arquitectónicos, ruinas de lo que fueron aquellos batanes que tan mala noche hicieron pasar a Sancho.
…Oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.

Y ya que hablo de él, el castillo de Peñarroya fue conquistado a la Orden de San Juan en 1198 por el caballero Pérez Sanabria. Despoblado en el s. XIV es el mejor conservado de nuestra región. Alberga a la ermita de Nuestra Señora de Peñarroya, patrona de Argamasilla de Alba y La Solana. Los orígenes de la antigua ermita datan de la Reconquista; reedificada en el s. XVIII, siguió conservando su planta original, con sus dos recintos y la torre del homenaje.
Sigo mi caminar. Me sale al paso Ruidera, la Cueva de Montesinos y el Castillo de Rochafrida.
¡Ay, Rochafrida! Aquí lloró amargamente la ausencia de su amado, el caballero Montesinos, la muy cortejada doncella Doña Rosaflorida. Es el argumento de un romance del siglo XV, una más de tantas elegías amorosas. Muy cantado en tiempos de los Reyes Católicos y comienzos de Carlos V.
Fonte frida, fonte frida
fonte frida y con amor,
de todas las avecicas
van tomar consolación,
sino es la Tortolica,
que está viuda y con dolor.
Por ahí fuera a pasar
el traidor de Ruiseñor;
las palabras que le dice
llenas son de traición:
- “Si tú quisieses, señora,
yo sería tu servidor.”
- “Vete de ahí, enemigo,
malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde
ni en prado que tenga flor;
que si el agua hallo clara
turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido
porque hijos no haya, no;
no quiero placer con ellos,
ni menos consolación.
¡Déjame triste, enemigo,
malo, falso, mal traidor;
que no quiero ser tu amiga
ni casar contigo, no!”
(Recogida por Menéndez Pidal en “Flor nueva de romances viejos”)
Si celebrada era en la Edad Media la fidelidad de la tórtola viuda, que se posa en las ramas secas para llorar su dolor y enturbia el agua clara antes de beberla, yo también soy fiel a mi recorrido por las tierras de Castilla La Mancha.
servido por Mario
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13 Noviembre 2009
Hay pueblos en los que se vive su historia, se recrean escenarios pretéritos a cada paso que das. Cruzo ante una farmacia y evoco al maestro Azorín reunido en la rebotica con los académicos de principios del siglo pasado. Azorín estuvo en Argamasilla tres meses, lo mínimo para penetrar en los sutiles entresijos de la ilustre ciudad. Si voy al hotel, al claro lunero está pálida la mansión del bachiller Sansón Carrasco. Si salgo, me estoy imaginando a Don Alonso Quijano el Bueno paseando y arrastrando su tizona por estas calles claras y largas allá por el año 1572. ¿Qué hubo en el ambiente de este pueblo que haya hecho posible el nacimiento de esta figura? ¿Por qué Argamasilla de Alba, y no otra villa cualquiera de La Mancha, ha tenido que ser la cuna del más grande caballero andante de todos los tiempos? A ver. El pueblo primitivamente se hallaba establecido en el paraje conocido como La Moraleja, año de 1555. Sobreviene una epidemia, se dispersa la población; hay pavor e incertidumbre, cosa natural, y los habitantes huyen despavoridos hacia el cerro llamado de Boñigal, donde fundan un nuevo poblado. A los pocos años se cierne una nueva epidemia y de nuevo, atemorizados, huyen, se dispersan, y se van reuniendo, al fin, en el paraje que hoy lleva el nombre y es en la que ha nacido el caballero manchego. Desde el 1555 (206 vecinos) hasta el 1572 ha nacido una nueva mentalidad que ha conocido el pánico, la inquietud nerviosa, la desesperación, el desasosiego. Caen sobre el pueblo plagas de langostas, que arrasan las cosechas; sufre las inundaciones del Guadiana que en todo tiempo hicieron grandes destrozos; y el pueblo suma y sigue nuevos dolores.
"Este es pueblo enfermo, porque cerca de esta villa se suele derramar la madre del río de Guadiana, y porque pasa por esta villa y hace remanso el agua, y de causa del dicho remanso y detenimiento del agua salen muchos vapores que acuden al pueblo con el aire". Está escrito, yo no invento nada.
Esta concatenación de sucesos crea una psicología especial que favorece un estado anímico exasperante, preso de una hiperestesia nerviosa.
Este ambiente es el que hereda don Alonso Quijano. ¿No es natural que todas estas causas y concausas de locura hayan convergido en un momento supremo de la historia y hayan creado la figura del hidalgo? ¿No podría ser Don Quijote el propio don Rodrigo de Pacheco, con retrato en la iglesia, quien sirviera de modelo a Cervantes? Al menos censado está por aquellas fechas como persona notable.
Que no oiga un rabanero el menor tinte de sospecha de que Don Quijote vivió en este pueblo. Te mirarán con recelo. A mí se me ocurrió insinuarlo en una conversación de taberna en la que estaba presente gente de corbata. Mire usted, me dijeron displicentes, llévese usted adonde quiera a Cervantes, pero aquí se queda Don Quijote. Don Quijote es el mismísimo Rodrigo de Pacheco, el que está en la iglesia retratado, y nadie ha podido destruir esta creencia, mantenida siempre tan fuerte y tan constante.
Yo callé, no iba a decirles después de este repaso que me dieron que también estaba de parte de ellos.
servido por Mario
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31 Octubre 2009
FACHADA E INTERIORES DE LA CASA MEDRANO

Casa Medrano, 1880
Iba a salir de Tomelloso sin rumbo predeterminado, pero mientras me espabilaba con un segundo café tomado en la barra del casino, recordé un pasaje del Quijote, leído por la noche en el hotel en el que quedamos alojados mi mujer y yo: es que me acompaña en el coche uno de esos libros que tuvo a bien editar, conmemorando el cuarto centenario de la aparición de la novela, la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha al precio de un euro cada ejemplar. Y al dar fin al café pensé que tan cerca andaba de las puertas de Argamasilla que imposible sería alejarme del Campo de Alba sin hacerle una visita.
El tiempo es espléndido en estos días, antes ha estado metido en aguas y la gente del campo sonríe satisfecha, pues el copioso refranero cita que las lluvias de octubre son barruntos de cosecha abundante. Terminó la vendimia y los labriegos que se ven ahora en el campo son unas vagas sombras fugitivas. Verdean los campos de alfalfa, el agua mana, bien es verdad que escasa, en los pozos. La vida cultural renace de sus cenizas. ¿Qué cenizas? Pues la vieja academia que aquí conoció Cervantes. Se celebran certámenes literarios y exposiciones pictóricas. Me dicen que antes el artista que llegaba al pueblo, ávido de captar sus rincones, tenía cama y estudio en un molino de viento cabe el antiguo cauce del Guadiana. Cervantes escucharía complacido a los insignes académicos en sus tertulias intelectuales.

Cueva Medrano
Argamasilla de Alba se tiende sobre un chaparrón de sol otoñal. Se fueron las aguas y no parece otra cosa sino que empezamos a disfrutar de una nueva primavera, tal es la benignidad del clima. Es ésta la Argamasilla de Cervantes, de su prisión y de otras muchas cosas vulgarizadas. Paseo sus calles blancas de cal. Afuera, el río sale a la campiña y en La Membrilleja ejecuta la peripecia de su escamoteo. Los entendidos le llaman Alto Guadiana desde que sale de Ruidera hasta esta misteriosa desaparición, y desde Villarrubia de los Ojos, que vuelve a aflorar, hasta Ayamonte, Bajo Guadiana. Yo también fondeo en los entresijos de la historia. Fue fundado por D. Diego de Toledo, prior de San Juan y segundo duque de la casa de Alba, tras varios emplazamientos frustrados, en 1531. ¿Y cuándo vivió Don Alonso, el buen caballero retratado en las páginas del libro de Cervantes? Veamos. Tengo leído que Cervantes escribía con lentitud y su imaginación era tarda en elaborar. En 1605 sale a la luz la obra, mas ya entonces el buen caballero había fenecido y hemos de suponer que Cervantes debió de comenzar a planear la obra después de acontecer esta muerte, esto es, podemos vaticinar que don Alonso vivió a mediados del siglo XVI, entre los años de 1570 a 1575.


Cuando mora en ella el hidalgo Don Alonso de Quijano, la vida es activa y próspera. Cuando Cervantes transita por sus calles y observa a sus mujeres, y lo encierran en la cueva de Medrano por galante piropeador, osado e inoportuno –si el atrevimiento que dio con sus huesos en la cárcel fue leyenda o ficción, poco importa para este cuento-, la población gozaba de una magnífica salud mental. Y física, por lo que se deduce del hecho que acaba con los huesos en la cárcel de Cervantes.
Los moriscos, agrónomos y artesanos ejemplares, convirtieron los sequedales en apacibles huertos. Fueron plantados próceres y umbrosos árboles. Así de reposada era la vida. Pero los moriscos son expulsados en 1613 y a renglón seguido las huertas se tornan eriales, las arboledas abatidas, los batanes del río se inmovilizan, la vida languidece, se vuelve mustia y huraña. Argamasilla pierde la mitad de sus vecinos. Carlos III, un siglo después, pretende recuperarla de su postración, pero se frustra el intento. La Desamortización con un reparto de tierras mejora su estado. Se plantan vides y se restaura la economía. Hoy por hoy, Argamasilla goza de prosperidad.
Hay pueblos…, pero quédese para otro día el seguimiento.
servido por Mario
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20 Octubre 2009
ANTONIO LÓPEZ TORRES 
No sería yo de buena familia si dejara de mentar, y lo hago con especial cariño, a uno de los hombres ilustres de Tomelloso. Me refiero al pintor Antonio López Torres, tío del también pintor y mundialmente conocido, Antonio López. Mi pasión por este arte me llevó un día hasta su casa, conociendo que a su salud la perseguía un dolor oscuro y temeroso. Me recibieron sus dos hermanas con exquisita atención. Pero a él no pude verlo: está grave y está descansando, me dijeron. En la pieza principal de la casa se recostaban en las paredes multitud de cuadros, unos terminados, otros a punto de firmar, otros para restaurar. Ahí vi en detalle muchos de los lienzos que hoy lucen en el museo que lleva su nombre en Tomelloso. Días después de mi visita, no muchos, murió con 85 años cumplidos. Era un noviembre de 1987.

Murió un pintor que quiso ser pintor, únicamente pintor. Ni pecador ni pícaro, porque los pícaros y pecadores carecen de humildad y de gracia para el pormenor y la diligencia del trabajo diario. Tampoco rico, los ricos han caminado muy lejos de su sentimiento. Sencillamente, plegó sus alas sin decir ni pío, y como una tímida alondra de los campos manchegos, nos dejó.
Pasó tanteando la luz para que la luz se condensara en los fraternales objetos de sus lienzos. López Torres ha traspuesto los umbrales del paisaje manchego, pues fue pintor de pueblo, pintor de paz, pintor de luz. Los efectos lumínicos perseguidos por su pintura se logran en ella mediante un sabio uso de los pigmentos y la coloración.
Si el paisaje manchego lleva consigo la idea de un páramo monótono, llano, pedregoso, socarrado por el sol, sin fuentes ni árboles… donde los demás no vemos más que rastrojos requemados, Antonio López nos descubrió que en La Mancha perviven colores purísimos, verdes irisados, violetas suaves, amarillos vibrantes y grises de una finura que nos desconcierta.


Continuador de la pintura clásica, este artista, siempre retirado en Tomelloso, ha hecho de sus entornos unos espacios que, de tan serlo, ya no son ellos mismos. Siempre pintando su tierra y sus gentes, fue un huido de los fulgores externos; no quiso saber nada de cuanto ocurría más allá de la raya del horizonte del sitio de su nacimiento.
Las casas, los rastrojos, la vendimia, los otoños, los rebaños, siempre declinan perdiéndose por la hoguera del poniente. Pero ahí estuvo Antonio López Torres para perpetuar la cotidianeidad de las cosas manchegas que unas no, pero otras ya se nos han quedado a trasmano.


Antes de emprender una nueva ruta entro en el casino, ese edificio blanco de la fotografía inicial, un lugar en el que un buen día conocí y saludé al escritor Francisco García Pavón, un personaje obsesivo por construir una teoría del paisaje manchego, que desde la órbita de lo literario se llena de implicaciones pictóricas. Un hombre ilustre que lo intentó fijar poéticamente con la finalidad no tanto de plasmar una realidad como de entender lo que dicha realidad esconde y alienta.

Dibujo del pintor por Antonio López
Me voy de aquí recordando a los grandes hombres que Tomelloso ha dado.
servido por Mario
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16 Octubre 2009
LOS BOMBOS
Quedé hablar de ellos. Los bombos son pequeños edificios de planta circular o elíptica, cubiertos por cupulillas, y toda la fábrica ejecutada con mampostería a hueso, sin ninguna clase de mortero. Ni que decir tiene que estas joyas arquitectónicas, construidas de forma natural con la piedra del lugar (lajas o lanchas) que ha sido desenterrada por el arado, requiere una esmerada técnica, pues va la piedra sobre piedra sin ligar. A esta técnica me dicen que se llama “piedra seca”.

¿Y para qué sirven? Para alojar a los campesinos. Las cepas obligan a cuidados cotidianos y, por tanto, se ha de permanecer junto a ellas semanas y semanas. Y si el pueblo está distante, es menester morar en el bombo. De ahí que su interior se decore con chimenea para el fuego, poyos para el descanso, hornacinas o alacenas, ganchos para colgar los aperos, y la cuadra para los animales, los cuales proporcionaban calor durante la noche. Esta descripción diríamos que es para un bombo de agricultores, pero los hay más modestos, los pastoriles, sólo para uno o dos individuos.
Esta vieja costumbre, impuesta por la necesidad, se ha superado debido a la mecanización, pero el bombo presta utilidad en todo tiempo para aquellos propietarios que tienen sus pagos lejos de sus casas. Hay gente que posee fincas a muchos kilómetros de Tomelloso.
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LOS ALCOHOLES

La realidad es que Tomelloso ha sabido industrializar sus productos agrícolas, es decir, elaborando sus pálidos caldos y fabricando alcoholes. Tomelloso es el centro de la industria alcoholera nacional y, por lo que yo sé de años atrás, del mundo mundial. Los miles y miles de arrobas de vino se transforman en alcohol merced a unos equipos de destilación, si bien las obtenidas por alquitaras de cobre presentan mayor fragancia, vinosidad y complejidad aromática. Firmas del poder y el prestigio de Osborne, Pedro Domecq, Terry, González Byass, poseen instalaciones alcoholeras en Tomelloso.
Antes de elaborar vinos selectos, desde estas bodegas se abastecía a otras de renombre colándose de matute en botellas de marcas acreditadas. Y no sólo remitía sus vinos, sino alcoholes para la fabricación de licores. Tomelloso produce holandas, que son alcoholes de 60 grados, empleadas en la elaboración del coñac. Cuando catemos un brandy o veamos sus anuncios en TV o en los expositores de los establecimientos, debemos pensar que esos líquidos han salido de Tomelloso en forma de holandas, cruzaron por las soleras de Jerez y se convirtieron en coñacs más o menos apetecibles. El coñac o brandy es obtenido, naturalmente, por destilación. Su elaboración se basa en el calentamiento, evaporación del alcohol del vino y su recuperación posterior en toneles de roble. Como se ve, Tomelloso ha hecho industria de sus vinos.
Choca encontrar este milagro en esta llanura hostil, en perenne lucha contra las veleidades de un clima a veces implacable, demoledor y sembrado de calamidades.
servido por Mario
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