15 Enero 2012
Hubo en un tiempo muy lejano una isla en la que habitaban todos los sentimientos humanos: la Felicidad, la Melancolía, etc. etc.; y también el Amor, por supuesto. Un día se avisó a todos que la isla se iba a hundir. Y todos se marcharon en sus barquitos, excepto el Amor, que quería resistir hasta el último momento. Ya estaba a punto de hundirse totalmente la isla, cuando el Amor decidió pedir ayuda.
Pasó por allá la Riqueza en un lujoso trasatlántico: No. No puedo llevarte en mi barco. Llevo gran cantidad de oro y plata y no hay sitio para ti. Lo siento. Pasó la Vanidad en una preciosa embarcación: No. No puedo llevarte, podrías ensuciarlo. Te veo poco acicalado. Pasó la Tristeza y el Amor le pidió ayuda: No. No puedo llevarte. Bastante tengo con preocuparme de mi triste yo. Lo siento. También pasó la Felicidad, pero estaba tan entusiasmada que no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
De repente se oyó una voz: ¡Amor, ven! ¡Yo te llevaré! Era un anciano. Tan contento estaba el Amor que se olvidó de preguntar al anciano adónde iban. Cuando llegaron a tierra firme, el anciano se fue por su camino. El Amor reflexionó sobre cuánto le debía.
Por eso preguntó al Conocimiento, que era otro anciano, quién era aquel que le había ayudado y éste le contestó: Fue el Tiempo. El Amor, muy sorprendido, preguntó por qué el Tiempo puso tanto interés en salvarlo. El Conocimiento sonrió y con gran sabiduría respondió: Porque solamente el Tiempo es capaz de entender lo que vale el Amor.
*****
Una ciencia que no eduque al hombre en la contemplación de la eterna sabiduría, quiero entender que es falsa, que está lejos de la verdad, aunque pueda producir resultados tecnológicos sorprendentes: es una ciencia de fuerza destinada a determinar efectos devastadores para el hombre.
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4 Enero 2012

Este año, tan nuevo y tan esperanzador, que todavía me huele a pólvora, viene levantisco y farruco por cuanto de valor y temeridad traen consigo las selecciones de criterio del nuevo gobierno. Demasiados rumbos encontrados veo. Y demasiados sacrificios, demasiadas renuncias y demasiado ayuno el que se nos exige. Pensemos que muchos nada darán porque nada tienen que dar. Pero eso es lo que toca.
Nuestro Rey cumple por ahora, si no llevo mal la cuenta, setenta y cinco años y yo lo felicito por el largo tiempo de armonía (sálvese el que pueda) que nos ha dado a los españoles. Nuestro Rey, más querido que lo que algunos desearían, tiene carisma de mago y como tal, le voy a pedir que traiga para todos un futuro hacendoso y tenaz, de buena gente que camina.
En el sur de Italia y por estas fechas hay una costumbre que consiste en arrojar por el balcón todo aquello que sobra. Hay catarsis que tienen un trasfondo atrevido y yo también la tengo. Este hartazgo de modas, de brillos, de celofanes, de reflejos, este recio cansancio de las cosas tiene tanto poder que asusta a los ciclones. Es bueno que nosotros hagamos lo mismo.
Queridos Reyes Magos, confieso que no he sido bueno, que no cumplí con la dieta de adelgazamiento que prometí, que no he seguido la moda, que no veo los programas basura que tanto gustan y que me he saltado muchas prescripciones de tráfico. Pero os comunico que no es eso lo que me importa, sino que repartáis una vida tranquila, una España serena y una belleza sin adornos, que no estamos hoy para tirar cohetes. Y un tiempo para mí, para pensar en qué es lo que soy y qué hago conmigo. Con esto me conformo, porque cuando mucho es demasiado, lo poco es suficiente. Las amenazas, la soberbia y la codicia dejadlas para los zapatos de otros.
Atentamente
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28 Diciembre 2011
Va a hacer ya un año de la aplicación de la Ley Antitabaco. Fue posible entonces detectar mutaciones de nuestras costumbres e incluso de nuestro paisaje urbano. En aquel momento veíamos a los fumadores salir a la calle del recinto donde estuvieran y prender el cigarro, haciendo un alto, con la misma pasión y obsesión con que se toma la cintura de la chica engatusada. El paseante fumaba en su ida y venida por el mapa de la ciudad, y puedo asegurar que yo, andarín insistente y de pulmones limpios, he tragado más humo que antes de la Ley. En las avenidas populosas había que esquivar a los transeúntes con cigarro en mano no fuera que la punta agujereara mi prenda de vestir. A veces se me antojó, recordando las películas de extraterrestres, que la gente se comunicaba entre sí con un código secreto sobre algo muy secreto. Por consiguiente, a los bares daba gusto entrar a tomar café, pero, por el contrario, las calles eran un asco, repugnantes de colillas.
Para satisfacer y retener a su clientela, los bares que no tenían limitaciones de espacio, comenzaron a sacar a la acera una humilde mesa y un cenicero. Los que no, empezaron a sentir aún más la crisis. Los establecimientos más pudientes, rizando el rizo, construyeron terrazas metálicas cerradas que más parecían una ampliación de negocio que otra cosa. Hoy son un insólito ornamento invernal. A raíz de aquí al fumador se le hizo un vacio de tal manera, que aunque un servidor no haya asistido a delaciones o expulsiones de emplumados con brea a lomos de una mula, coincide en que es cierto que al portador de un cigarro le envuelve una aureola criminal de la que antes carecía.
La alteración costumbrista más significativa ha sido la infantilización de los bares, pues finalizada la disuasión del humo, los papás entran con el carrito del niño, todavía de leche, en garitos en los que antes no interfería la inocencia.
El bar -establecimiento en el que más ha perjudicado económicamente a sus propietarios la citada ley-, dicho sea de paso, cumple una función terapéutica que lo convierte en una evasión, en un descanso, en una espera o en un aplazamiento. Uno pisa el bar para olvidarse del cochecito del nene, de la mirada aviesa de la mujer que le ha demandado lo que olvidó, del mal trago que le hizo pasar el jefe esta mañana o de las ásperas rutinas del cabestro proveedor. Ahí en el bar uno vuelve a sentirse un hombre útil que piensa, que afloja los nervios, que en trago corto de su copa no le preocupa otra cosa que conocer al menos tres fórmulas distintas para mezclar el bourbon; que se libera de las convenciones, si el grupo acompaña, utilizando con sus amigos vocablos que si dicho en la España “discutida y discutible”, te pueden apedrear; que se reclama el bar para olvidarse de que la vida te ha ajustado el temple más que al torero la taleguilla. Y puede que se acuerde de pronto de su casa de su mujer y de su niño, se mire el reloj para ver si puede llegar antes de que se duerma, se viste el abrigo y se despide de los amigos. Domesticación, eso es lo que es. Achique de espacios para un hombre que no sabe cómo serlo y dónde serlo.
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18 Diciembre 2011
14 Noviembre 2011
Lo que a continuación se relata pertenece a la leyenda. Y es lo que sigue.
La asombrosa historia se ubica en Sierra Madrona, que forma parte de Sierra Morena. Su ladera sur mirando a Córdoba y la norte a Ciudad Real. El Valle de Alcudia, que se incorpora, descansa en esta parte. Y justo en el corazón de la Madrona, tierra breña, fragosa, arriscada, donde convive el lobo con el lince ibérico, con los buitres y con las águilas, vive un animal espantoso que no es de nuestra época, que es totalmente desconocido y hasta tal vez prehistórico. Es el Saetón, una criatura con forma de reptil monstruoso, que tiene la facultad de volar bajo y cuya picadura es mortal. Hipnotiza a sus víctimas y aprovecha el momento para picar y matar. Su veneno es tan potente que la muerte llega en segundos.
Pero, ¿es verdad que es leyenda? Un pastor de la zona, que cuidaba sus cabras en el monte, la vio volar por encima de sus cabras, picarle a una y ésta morir de inmediato. El pastor, que vive en la actualidad, lo relata. En el escarpado yacimiento del río Yeguas, afluente del Guadalquivir, un carretero la avistó de lejos y cómo sería su miedo que cambió su itinerario. Un chiquillo, probando un caballo, lo llevó a un arroyuelo para que bebiera el animal, pero éste se niega, se pone nervioso, nota algo... y de pronto saltó un bicho, como una serpiente enorme con alas. El caballo se encabrita y tira al jinete que, por la situación crítica, apenas ve al Saetón volar.
“Con el Saetón sólo espuerta y azadón”. Esto es, si te pica prepara tu tumba. Lo dicen en la zona. Por algo será.
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1 Noviembre 2011
En la madrugada del 29 al 30 del pasado mes de octubre, retrasamos los relojes y se produjo el cambio de hora al que ya estamos acostumbrados. Se trata de un cambio social que, como ya sabemos, se produce dos veces al año y que afecta a los hábitos del sueño de todo el mundo, pero no engaña a nuestro reloj biológico. Lo dice un investigador alemán tras estudiar a 55.000 europeos, y concluye que el sueño se sincroniza con la hora del amanecer y no con lo que marca el cambio de horario para el ahorro de energía. Resulta -a ver si lo condenso y lo sé explicar como a mí me lo han contado- que el reloj biológico, también llamado circadiano, se rige por miles de neuronas que aportan información sobre la luz ambiental y que le llega a través de los ojos a una parte del cerebro. La interpretan, y este enjambre de neuronas envía una señal a la glándula pineal para que segregue, o no, melatonina, la hormona que induce el sueño. ¡Qué complicado somos! Esta secreción es baja durante el día y alta durante la noche.
Bien, resulta que se nos dice que no debemos tomarnos a la ligera las manecillas del reloj circadiano, porque marcan a qué hora nos desenvolvemos mejor en determinadas tareas. Así que alrededor de las 7:30h se deja de secretar la melatonina y es momento de levantarse. El máximo nivel de alerta se alcanza tres horas más tarde, ocasión ideal para estudiar o abordar proyectos que exijan precisión. Para memorizar, antes del almuerzo. En torno a las 14:30h llega el momento de máxima coordinación. La fuerza muscular, si hay que hacer deporte, a las 17:00h. Y a las 21.00h comienza de nuevo la secreción de melatonina invitándonos a la relajación.
La salud también se ve afectada con el trascurso de las horas. Entre las 6:00h y las 6:45h se produce un pico de tensión arterial que explica por qué el riesgo de sufrir un ataque cardíaco es mayor por la mañana. Se ha demostrado que los deportistas que trasnochan son más vulnerables a las lesiones.
- Pero, Inocente, ¿todo esto es verdad?
-Yo lo doy por bueno, lo he leído en una revista científica.
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25 Octubre 2011
- Caballero, es para hoy, dese prisa.
Se busca en los bolsillos de la chaqueta, de los pantalones, abre el monedero, vuelve a hurgar en los rincones de la ropa, y no encuentra el dinero para liberar el carrillo de la única ristra metálica visible expuesta en el establecimiento.
- ¿No tendrá usted un euro?
- Váyase a la eme.
Con la rotundidad y la fuerza de un tanque en combate le ha respondido la mujer que estaba detrás esperando una solución. Es una señora mayor de pelo blanco que, una vez conocido el estado de bienestar de su viudez, toma al establecimiento como si fuera su casa y se pasea y se recrea por él con la altivez de quien llega a la meta de un maratón sin gran esfuerzo. Y consume con el mínimo desembolso. Claro que para eso debe sacrificar la ternera por la verdura y el robalo por la parrocha. Es una cara conocida dentro del local y eso a ella le basta. El hombre, aburrido, al final se ha marchado de allí y se ha dirigido a quien le ha trasladado haciendo de chófer que acababa de aparcar el coche. No sólo lo precisaba para la moneda sino también para orientarle en la compra, porque en un escenario que se despliega así de magnífico no sabe orientarse.
- ¿Por dónde empiezo?
- Por el papel higiénico y por la pasta de dientes, eso nunca debe faltar en una casa. El papel que sea el del anuncio del perrito, que ya se sabe que si no es de buena calidad luego te puede dar sorpresas.
El chófer, que seguramente es su amigo, observa que va llenando el carrito de comida y bebida de lo más caro, y va y le advierte que para qué tanto si al fin y al cabo come y cena fuera.
- Esta tarde recibo en casa la visita de costumbre: una señora espectacular. Te confieso que tiene el cuerpo pastoral de una diosa y la sombra lisérgica de la tarántula. Se lo merece todo. Me enamoraron sus ojos grandes y oscuros y tengo la impresión de que aún cerrados lo ven todo, lo saben todo; así que cuando me mira no sólo descubre mi pensamiento sino lo más turbio de mi pasado.
Y mientras sigue seleccionando productos de calidad, el chófer, que seguramente es su amigo, aprovecha las ofertas y elige por su cuenta vegetales ecológicos, que le van bien a su estómago, y añade a su compra una lata de paella de ración.
No disponía de un euro para sacar al carrillo de la compra de su encierro y ahora ha compuesto la mesa con acreditados manjares. La mujer espectacular es de buen paladar y lo agradece, recrea la vista, selecciona, toma, y con la copa de vino en alto, dice:
- ¡Cómo sabes lo que me gusta, Inocente, ladrón de mi alma! ¡Cómo sabes complacerme de principio a fin! No mi marido, que se me ha presentado esta mañana con un lote de vegetales ecológicos sabiendo que los odio.
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4 Octubre 2011
Esta historia empezó con un beso, como comienzan todos los enredos sentimentales. Después se enmarañó, se complicó y trastornó. Pero empezó con un beso. Sus lenguas no eran la misma, pero sí lo eran en sus bocas. Así fue el arranque.
Ella había venido del este con sus papeles en regla, con su carrera, con su juventud y con su nombre impronunciable. Se hizo un hueco como funcionaria de un organismo público, trabajaba eficientemente y cumplía su horario con rigor. Lo que se dice una vida ordenada dentro de la anarquía que era su cuerpo. Porque ella era una mujer a medias, sólo puesta en tela de juicio por algunos compañeros de trabajo más cercanos. Nunca perdió la esperanza de hacer converger su vocación de mujer con la del sexo que le debía corresponder, evitando así ese torcimiento que le producía tan malas digestiones. Si hubiera contado con recursos suficientes ya habría pasado por la sala de operaciones para que le amputaran a la par que el andrajillo colgandero su nombre impronunciable. Hasta aquí llegaba su voluntad, que su deseo carnal era perseguir el mismo sueño de siempre: un hombre hecho y derecho, no jovencitos veinteañeros que los emborracha el morbo y a los que terminaría manteniéndolos.
Y el hombre se presentó. Maduro, un poco golferas, barba de días sin afeitar y unos ojos mates por el humo del local y el insomnio. No era uno más de los que acostumbraba a ver, tenía algo diferente que no sabía desentrañar. Al hombre maduro y azotacalles le bastó captar la mirada de ella, se acercó, le hablo y le inspiró la ternura precisa para compartir una copa. Un día salieron a almorzar, una noche a cenar, y una madrugada les sorprendieron las primeras luces con las lenguas enredadas. Después, lo que siguió fue tan natural como la vida misma, aunque con un revoltijo de sexos que no quiera usted saber.
A ella se le había olvidado pasar por el quirófano porque después de la experiencia se sintió una mujer completa.
- ¿Y tú?
- Eso, la hice sentirse mujer.
- Estas cosas sólo te pasan a ti, Inocente.
servido por sisapo
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