31 Octubre 2009
FACHADA E INTERIORES DE LA CASA MEDRANO

Casa Medrano, 1880
Iba a salir de Tomelloso sin rumbo predeterminado, pero mientras me espabilaba con un segundo café tomado en la barra del casino, recordé un pasaje del Quijote, leído por la noche en el hotel en el que quedamos alojados mi mujer y yo: es que me acompaña en el coche uno de esos libros que tuvo a bien editar, conmemorando el cuarto centenario de la aparición de la novela, la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha al precio de un euro cada ejemplar. Y al dar fin al café pensé que tan cerca andaba de las puertas de Argamasilla que imposible sería alejarme del Campo de Alba sin hacerle una visita.
El tiempo es espléndido en estos días, antes ha estado metido en aguas y la gente del campo sonríe satisfecha, pues el copioso refranero cita que las lluvias de octubre son barruntos de cosecha abundante. Terminó la vendimia y los labriegos que se ven ahora en el campo son unas vagas sombras fugitivas. Verdean los campos de alfalfa, el agua mana, bien es verdad que escasa, en los pozos. La vida cultural renace de sus cenizas. ¿Qué cenizas? Pues la vieja academia que aquí conoció Cervantes. Se celebran certámenes literarios y exposiciones pictóricas. Me dicen que antes el artista que llegaba al pueblo, ávido de captar sus rincones, tenía cama y estudio en un molino de viento cabe el antiguo cauce del Guadiana. Cervantes escucharía complacido a los insignes académicos en sus tertulias intelectuales.

Cueva Medrano
Argamasilla de Alba se tiende sobre un chaparrón de sol otoñal. Se fueron las aguas y no parece otra cosa sino que empezamos a disfrutar de una nueva primavera, tal es la benignidad del clima. Es ésta la Argamasilla de Cervantes, de su prisión y de otras muchas cosas vulgarizadas. Paseo sus calles blancas de cal. Afuera, el río sale a la campiña y en La Membrilleja ejecuta la peripecia de su escamoteo. Los entendidos le llaman Alto Guadiana desde que sale de Ruidera hasta esta misteriosa desaparición, y desde Villarrubia de los Ojos, que vuelve a aflorar, hasta Ayamonte, Bajo Guadiana. Yo también fondeo en los entresijos de la historia. Fue fundado por D. Diego de Toledo, prior de San Juan y segundo duque de la casa de Alba, tras varios emplazamientos frustrados, en 1531. ¿Y cuándo vivió Don Alonso, el buen caballero retratado en las páginas del libro de Cervantes? Veamos. Tengo leído que Cervantes escribía con lentitud y su imaginación era tarda en elaborar. En 1605 sale a la luz la obra, mas ya entonces el buen caballero había fenecido y hemos de suponer que Cervantes debió de comenzar a planear la obra después de acontecer esta muerte, esto es, podemos vaticinar que don Alonso vivió a mediados del siglo XVI, entre los años de 1570 a 1575.


Cuando mora en ella el hidalgo Don Alonso de Quijano, la vida es activa y próspera. Cuando Cervantes transita por sus calles y observa a sus mujeres, y lo encierran en la cueva de Medrano por galante piropeador, osado e inoportuno –si el atrevimiento que dio con sus huesos en la cárcel fue leyenda o ficción, poco importa para este cuento-, la población gozaba de una magnífica salud mental. Y física, por lo que se deduce del hecho que acaba con los huesos en la cárcel de Cervantes.
Los moriscos, agrónomos y artesanos ejemplares, convirtieron los sequedales en apacibles huertos. Fueron plantados próceres y umbrosos árboles. Así de reposada era la vida. Pero los moriscos son expulsados en 1613 y a renglón seguido las huertas se tornan eriales, las arboledas abatidas, los batanes del río se inmovilizan, la vida languidece, se vuelve mustia y huraña. Argamasilla pierde la mitad de sus vecinos. Carlos III, un siglo después, pretende recuperarla de su postración, pero se frustra el intento. La Desamortización con un reparto de tierras mejora su estado. Se plantan vides y se restaura la economía. Hoy por hoy, Argamasilla goza de prosperidad.
Hay pueblos…, pero quédese para otro día el seguimiento.
servido por Mario
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20 Octubre 2009
ANTONIO LÓPEZ TORRES 
No sería yo de buena familia si dejara de mentar, y lo hago con especial cariño, a uno de los hombres ilustres de Tomelloso. Me refiero al pintor Antonio López Torres, tío del también pintor y mundialmente conocido, Antonio López. Mi pasión por este arte me llevó un día hasta su casa, conociendo que a su salud la perseguía un dolor oscuro y temeroso. Me recibieron sus dos hermanas con exquisita atención. Pero a él no pude verlo: está grave y está descansando, me dijeron. En la pieza principal de la casa se recostaban en las paredes multitud de cuadros, unos terminados, otros a punto de firmar, otros para restaurar. Ahí vi en detalle muchos de los lienzos que hoy lucen en el museo que lleva su nombre en Tomelloso. Días después de mi visita, no muchos, murió con 85 años cumplidos. Era un noviembre de 1987.

Murió un pintor que quiso ser pintor, únicamente pintor. Ni pecador ni pícaro, porque los pícaros y pecadores carecen de humildad y de gracia para el pormenor y la diligencia del trabajo diario. Tampoco rico, los ricos han caminado muy lejos de su sentimiento. Sencillamente, plegó sus alas sin decir ni pío, y como una tímida alondra de los campos manchegos, nos dejó.
Pasó tanteando la luz para que la luz se condensara en los fraternales objetos de sus lienzos. López Torres ha traspuesto los umbrales del paisaje manchego, pues fue pintor de pueblo, pintor de paz, pintor de luz. Los efectos lumínicos perseguidos por su pintura se logran en ella mediante un sabio uso de los pigmentos y la coloración.
Si el paisaje manchego lleva consigo la idea de un páramo monótono, llano, pedregoso, socarrado por el sol, sin fuentes ni árboles… donde los demás no vemos más que rastrojos requemados, Antonio López nos descubrió que en La Mancha perviven colores purísimos, verdes irisados, violetas suaves, amarillos vibrantes y grises de una finura que nos desconcierta.


Continuador de la pintura clásica, este artista, siempre retirado en Tomelloso, ha hecho de sus entornos unos espacios que, de tan serlo, ya no son ellos mismos. Siempre pintando su tierra y sus gentes, fue un huido de los fulgores externos; no quiso saber nada de cuanto ocurría más allá de la raya del horizonte del sitio de su nacimiento.
Las casas, los rastrojos, la vendimia, los otoños, los rebaños, siempre declinan perdiéndose por la hoguera del poniente. Pero ahí estuvo Antonio López Torres para perpetuar la cotidianeidad de las cosas manchegas que unas no, pero otras ya se nos han quedado a trasmano.


Antes de emprender una nueva ruta entro en el casino, ese edificio blanco de la fotografía inicial, un lugar en el que un buen día conocí y saludé al escritor Francisco García Pavón, un personaje obsesivo por construir una teoría del paisaje manchego, que desde la órbita de lo literario se llena de implicaciones pictóricas. Un hombre ilustre que lo intentó fijar poéticamente con la finalidad no tanto de plasmar una realidad como de entender lo que dicha realidad esconde y alienta.

Dibujo del pintor por Antonio López
Me voy de aquí recordando a los grandes hombres que Tomelloso ha dado.
servido por Mario
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16 Octubre 2009
LOS BOMBOS
Quedé hablar de ellos. Los bombos son pequeños edificios de planta circular o elíptica, cubiertos por cupulillas, y toda la fábrica ejecutada con mampostería a hueso, sin ninguna clase de mortero. Ni que decir tiene que estas joyas arquitectónicas, construidas de forma natural con la piedra del lugar (lajas o lanchas) que ha sido desenterrada por el arado, requiere una esmerada técnica, pues va la piedra sobre piedra sin ligar. A esta técnica me dicen que se llama “piedra seca”.

¿Y para qué sirven? Para alojar a los campesinos. Las cepas obligan a cuidados cotidianos y, por tanto, se ha de permanecer junto a ellas semanas y semanas. Y si el pueblo está distante, es menester morar en el bombo. De ahí que su interior se decore con chimenea para el fuego, poyos para el descanso, hornacinas o alacenas, ganchos para colgar los aperos, y la cuadra para los animales, los cuales proporcionaban calor durante la noche. Esta descripción diríamos que es para un bombo de agricultores, pero los hay más modestos, los pastoriles, sólo para uno o dos individuos.
Esta vieja costumbre, impuesta por la necesidad, se ha superado debido a la mecanización, pero el bombo presta utilidad en todo tiempo para aquellos propietarios que tienen sus pagos lejos de sus casas. Hay gente que posee fincas a muchos kilómetros de Tomelloso.
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LOS ALCOHOLES

La realidad es que Tomelloso ha sabido industrializar sus productos agrícolas, es decir, elaborando sus pálidos caldos y fabricando alcoholes. Tomelloso es el centro de la industria alcoholera nacional y, por lo que yo sé de años atrás, del mundo mundial. Los miles y miles de arrobas de vino se transforman en alcohol merced a unos equipos de destilación, si bien las obtenidas por alquitaras de cobre presentan mayor fragancia, vinosidad y complejidad aromática. Firmas del poder y el prestigio de Osborne, Pedro Domecq, Terry, González Byass, poseen instalaciones alcoholeras en Tomelloso.
Antes de elaborar vinos selectos, desde estas bodegas se abastecía a otras de renombre colándose de matute en botellas de marcas acreditadas. Y no sólo remitía sus vinos, sino alcoholes para la fabricación de licores. Tomelloso produce holandas, que son alcoholes de 60 grados, empleadas en la elaboración del coñac. Cuando catemos un brandy o veamos sus anuncios en TV o en los expositores de los establecimientos, debemos pensar que esos líquidos han salido de Tomelloso en forma de holandas, cruzaron por las soleras de Jerez y se convirtieron en coñacs más o menos apetecibles. El coñac o brandy es obtenido, naturalmente, por destilación. Su elaboración se basa en el calentamiento, evaporación del alcohol del vino y su recuperación posterior en toneles de roble. Como se ve, Tomelloso ha hecho industria de sus vinos.
Choca encontrar este milagro en esta llanura hostil, en perenne lucha contra las veleidades de un clima a veces implacable, demoledor y sembrado de calamidades.
servido por Mario
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10 Octubre 2009


Iglesia y casino
Por donde quiera que crucemos el núcleo de La Mancha, siempre nos perseguirá la vasta planicie de viñedos. Hasta a una autovía que la cruza se le ha dado el nombre oficial de “autovía de los viñedos”.
Tomelloso es una alargada pincelada de cal en el horizonte. Por estas tierras y en estas fechas la vendimia ha finalizado y comienzan a secarse las hojas de las vides, y la misma sabana que ayer verdeaba ahora se va enriqueciendo con una paleta de colores en la que predominan los calientes: rojos, naranjas, ocres, amarillos… sin faltar el morado. Árboles, pocos; sólo a modo de vigías los imprescindibles fresnos tristones en el borde de la carretera, o una ringla de álamos negros que deslinda propiedades. Reluce el Záncara. Es bello este paisaje, y esta llanada inmensa de delicada lindura no sólo te hace amarlo, también te hace pensar.
¿Cómo debió ser esta planicie antes de los viñedos? Los datos establecen la veracidad de que en los finales del siglo XVIII se plantaron las primeras cepas en el circundo de Tomelloso. ¿Y antes? Apenas nada; debieron ser estos llanos pobres campos cerealistas, menguados olivares, ralos encinares y barbechos para el majadeo de las ovejas. Como toda empresa agrícola y revolucionaria, se desconoce el origen vacilante y tímido; pero sí conocemos del cultivo masivo de las viñas y de una industrialización que, en unos cien años, convirtió este poblachón, perdido en el llano mesetario, en una ciudad de 40.000 personas, animada, disparatada y versátil en su urbanización y, lo más importante, dotada de un envidiable espíritu emprendedor. No sé por qué me hace creer que esta tierra no daba para más, que estos campos pedregosos no admitían otra dedicación diferente y optaron por este monocultivo como la única garantía de rentabilidad. Riesgos habría y a vegadas calamitosos, pero quien la sigue la persigue, que así reza el refrán.
Se inclinan sobre la plana sarmentosa miles de vendimiadores. Transitan por los caminos tractores repletos hacia las bodegas con la misma fe que lo harían si se encaminasen en romería a ofrendar los frutos a la Virgen milagrera de la ermita. Y en su caminar, despacioso trán-trán, la uva dorada se cierne lenta y delicada, se esponja hasta acomodarse y apretarse en un lecho de gozosas lágrimas. Una vez alzada la cosecha, atrás quedan los granos que no se vendimiaron por olvido o por intemporales colgando de la cepa para una segunda vendimia, hecha por los particulares de la rebusca. Ahora ya se ven solas las cupulillas de los “bombos”, unas edificaciones de las que ya hablaremos.
Tomelloso recoge en la otoñada más de 8 millones de arrobas de vino. Son muchos millones de litros, sabiendo que la costumbre del país es medir por arrobas de 16 litros. Para quien no esté familiarizado estas cifras causan respeto y sorpresa. A mí me dejan boquiabierto y pasmón. ¿Dónde se remansa tanto líquido? Sorprende la actividad de estos agricultores. Hay unas cuarenta bodegas de cierto volumen, hay otras pocas que lo superan y hay varios millares de bodeguillas. Podría decirse que cada casa tiene la suya, porque antes del cooperativismo el cultivador elaboraba y guardaba sus vinos en el sótano de su vivienda, o en un subterráneo del patizuelo. De ahí le viene la amplitud a la localidad, ancha y larga, hechas sus calles en una desordenada cuadrícula, cuyas vías terminan en borrosas campas. Se han fabricado las cavas por un procedimiento muy original: bajo el suelo pétreo, de un metro a metro y medio de espesor, se excavaron las tierras y de esta guisa la bóveda de piedra sirve de techumbre. En ocasiones, y porque conviene, se ha reforzado la bóveda plana con pilares y así todo el recinto se consolidó.

Pero se vive la era del cooperativismo y esas bodeguillas familiares van cediendo a los almacenes gigantescos, del mismo modo que las tinajas de barro de Villarrobledo son suplantadas por enormes botas de cemento. Hoy Tomelloso se da cuenta de que es un pueblo industrial y aunque el viñedo sigue siendo el principal motor económico, otros cultivos se han abierto paso (melón, olivo, pimiento, etc.) y crecen las explotaciones ganaderas. Por ahí me han dicho que su renta por habitante es la más alta de la provincia de Ciudad Real y por encima de la media nacional.
¿Y por qué no?
servido por Mario
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6 Octubre 2009


"Decíamos ayer", que el mito de Infantes...
Pero el mito de Infantes no sólo es Quevedo, hombre de carne y hueso; otro mito es el Caballero del Verde Gabán, hidalgo manchego del que nos da noticias Cervantes y al que conoció antes de la aventura de los leones:
“En estas razones estaban, cuando los alcanzó un hombre que detrás de ellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo…”
El temple de don Quijote ante la fiera dejó asombrado a don Diego y lo calificó de locura:
“Sólo te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo y decir razones tan discretas, que borran y deshacen sus hechos”.
Pero los juicios sobre los hombres que hubo de pronunciar aquél, le sorprendieron de tal manera que se lo llevó de convidado a casa. La casa de don Diego:
“Ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda”.
Las tinajas denuncian en el siglo XVI opulentas cosechas vinarias. La casa del Caballero del Verde Gabán, sita en la calle palacial del pueblo, debe estar hoy como en los tiempos cervantescos. La calle es una cinta estrecha que de la plaza Mayor nos lleva a las afueras. Su estilo urbano remata en el cenobio dominico, donde murió Quevedo. Un jardinero con el que me topo me ronza su sentencia:
- En Infantes hay tantos habitantes como escudos…

Fachad de la casa del Caballero del Verde Gabán

Casa del Caballero...

Patio de la casa del Caballero...
Blasones los hay abundantes por toda La Mancha, pero en Infantes raro es el dintel de una puerta que no soporte un escudo. Ahí está, -¡cómo destaca!- la casona cervantina del Caballero del Verde Gabán con su balcón en ángulo y su portada blasonada. Ni siquiera Quevedo, Cruz de Santiago, creador del humor negro y profesional del sarcasmo, tiene en Infantes la fuerza literaria del Caballero del Verde Gabán. ¿Quién de los dos es el mito?
Pero, cuidado, no vayamos a olvidar a Santo Tomás de Villanueva, que, aun nacido en Fuenllana (Ciudad Real), vivió sus primeros años en la Villa, de donde toma su nombre el “divino Tomás”. Y es que los hijos de Infantes están hechos a toda clase de empresas, incluyendo las de la santidad. En esta villa que, de ser más pequeña, bien podría ser la Santillana de la Mancha, estos dos personajes de carne y hueso (el Santo y Quevedo) son los dos polos de su ser histórico.

Santo Tomás gravita sobre Infantes con el legítimo peso de su virtud. Se habla de la casa de Santo Tomás, del lugar de recogimiento y oración, del hospital para viudas pobres que dejó; de la fundación para esto y para lo otro. Y hasta de la “casa de comedias”, como llaman aquí al teatro, edificada sobre una manda del Santo.
Me voy despacio, amigo lector. Duendes en Infantes no hay, pero sí hay “ángel”.
servido por Mario
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2 Octubre 2009

Ahora me encamino hacia el sureste. En tan sólo 30 km. me hallo en Villanueva de los Infantes –en adelante Infantes, que me hace suponer que así es ya reconocida oficialmente esta población-, cabeza de partido del Campo de Montiel. Para situar al lector le digo que se encuentra en el suroeste de la provincia de Ciudad Real, a 90 km. de la capital y a unos 40 km. de las lagunas de Ruidera.
Fue bautizada por los hebreos esta primigenia localidad con el bello nombre de Jamila. Diviso de lejos esta Villa cuatro veces infanzona, porque cuatro fueron los hijos de Fernando “el de Antequera” los infantes que le dieron a la villa libertad y brío. En su encuentro me sale al paso, confinante, el arroyo Oregón que baja desde los Campos de Montiel al Jabalón, pegado ya éste a Infantes. No debía ser la vida de antaño un lecho de rosas, ni la Historia está desprovista de nombres manchegos que cruzaran la mar en busca de cualquier aventura vital, para llegar a la conclusión de que alguno de nuestros héroes manchegos le pusiera el nombre de Oregón al río que luego ha sido llamado Columbia y ha dado nombre a un estado americano. Alguien dirá que es de locura pensarlo, pero por allí y mucho más al norte costearon goletas reales enviadas de descubierto con fines estratégicos. ¿Y no podrían haberse embarcado algún lugareño en ellas? Pues, miren, mientras no se demuestre lo contrario yo seguiré soñando con esta bonita historia de ficción, creyendo en la íntima relación del arroyo manchego y del gran río americano.
De todas maneras, aquí en Infantes la ficción y el mito van juntas. En Valdepeñas pregunté por algún mito y me respondieron que los mitos estaban en el cercano Infantes, donde murió Quevedo. Buscándolo, mi siguiente paso fue venirme aquí. Quevedo tuvo su tránsito en una celda del convento de los dominicos y fue enterrado en una capilla de la iglesia de San Andrés. Don Manuel Ruiz Zorrilla, el “Parisién” se llevó a Madrid los restos del escritor y organizó con ellos una procesión cívica hacia el Panteón de Hombres Ilustres, pero como nadie le hizo el menor caso, volvió por sus fueros y tornó con los huesos al sitio donde reposaban. Don Francisco ciertamente murió aquí, en este mismo sitio.

Sus huesos estuvieron en el presbiterio de Santo Domingo hasta que un sepulturero los mezcló en una fosa común, a mediados del siglo XIX. Y hasta que en 1950 unos universitarios pusieron allí una lápida, nada conmemoraba el hecho de que detrás de aquellos dinteles reposaban sus huesos mezclados con otros de labriegos y de soldados. Los huesos de aquel hombre que hizo brillar a España como un sol de gracia, de poesía y de espíritu. Aquellos huesos que
Serán ceniza, más tendrán sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.

Volvamos atrás, al Quevedo en vida, pues bien merece un comentario breve. Don Francisco de Quevedo se retira a La Torre de Juan Abad después de ser hecho prisionero en Madrid por denunciar la política del valido Conde-Duque. Con la caída del De Olivares, Quevedo, achacoso y vencido, es puesto en libertad, abandona la Corte y se retira en La Torre de Juan Abad, localidad cercana a Infantes. La abandona “desnudo de vestidos y vestido de Dios” para rendir sus días, tan apasionados, tan poblados de espíritu, tan turbulentos, en el convento de Santo Domingo de Infantes, como ya se dijo.
Giremos ahora una visita.

Desde la torre de la iglesia mayor de Infantes, a la que subo invitado, se divisan los campos de Montiel. En un carcavón de la meseta se ve un oasis de ese verde oscuro de los chopos negrales donde tiene su asiento la finca Fuenlabrada. En esta finca se ha contado por escritor de fina pluma la celebración de las fabulosas bodas de una hija de Juan Pérez Canuto, un villano de la comarca que casó a la moza igual que a una duquesa. A esa boda asistió al parecer un hombre entristecido y bondadoso, que le puso a su vida amarga el decoro de su fantasía de poeta y que años más tarde escribió, en el mejor libro escrito por pecadores, el capítulo de las bodas de Camacho.
Desde la torre se divisa también el mogote del castillo de Montiel y uno se atreve a adivinar el camino por el que llegó a la Villa don Fernando de Castro con el cadáver del Rey de Castilla, muerto por la traición del bastardo.
Desde la torre se divisa igualmente el báquico océano del vino, una sabana cubierta de pámpanos que se me antojan barnizados por esta lluvia cernida que bautiza a los afanosos jornaleros.
Pero el mito de Infantes no sólo es Quevedo…
servido por Mario
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29 Septiembre 2009

Sigo en Valdepeñas. Es difícil sustraerse a abandonar la población sin dejar de visitar una de sus bodegas, tan representativas de la extensa zona manchega.
En Valdepeñas se hizo la luz y aparecieron las ubérrimas cepas entalingadas en el océano rufo de sus tierras. Por algo es la capital del vino esta urbe grande, modernizada, con grandes avenidas, buenos edificios y colocada en la línea cultural de Ciudad Real: biblioteca, exposiciones de arte, certámenes literarios, tertulias poéticas y una luz y un color en los que se presiente Andalucía.
Aquí se producen ingentes cantidades de vino blanco, menos de vino tinto. Pero el buen tintorro es el primigenio caldo valdepeñero, pregonado en su día a lo largo y ancho de la Península. En el Madrid de antes se enseñoreó en las tabernas porque se le encontró con buen paladar, y posiblemente también cuando los vinos de Móstoles resultaron de cosecha escasa para abastecer el mercado madrileño. Vino de Valdepeñas… ¿En cuántas tabernas no hemos leído este anuncio? Hoy es otra cosa, todo en el devenir del tiempo, todos los acontecimientos sociales, han contribuido en la profesionalización de la industria, de tal manera que ahora se elabora un vino excelente que cualquier sumiller se precia de recomendar en sus cartas de vinos.
Me distraigo: quería hablar de las bodegas y para eso hay que visitar una de ellas. Se pide permiso, se entra y punto, así es de hospitalaria esta gente, que obsequia con prodigalidad y gentileza a sus visitantes.

La tinajería ha dado origen a una industria marginal a la del vino: la de una alfarería sin torno. Resulta raro que así pueda parecer, puesto que en todos los alfares hay un torno para trabajar el barro; pero en las tinajas no hace falta, son descomunales y no se trata de realizar una fina labor de cerámica, como la de Talavera de la Reina. El procedimiento es primitivo. A mano, como el buen calzado y el buen chocolate. A mano y sin más ayuda que una espátula, herramienta suficiente para moldear estas enormes tinajas valdepeñeras. Cuando la tinaja ha sido conseguida, al horno, y pasados ocho días y untado su interior con pez, quedan prestas para alojar cada una a quinientas arrobas de vino.
Hay bodegas decimononas y otras de más reciente construcción; unas, todavía con tinajas de barro, y otras con recipientes de hormigón armado. Se elaboran en estas cavas, amén de los vinos, mistelas, vinos de misa, vermut, alcoholes y vinagres. Ahora es el tiempo en que andan los maestros cuberos a colocar en las pipas los rodeletes. Hierve el mosto y de las fustallas escapa el rumor semejante al de la lluvia mansa sobre una alfombra de hojas secas. Se expande por la cava un aroma goloso como de vinagre edulcorado.
Ahora sólo se escucha el murmullo de la fermentación.
servido por Mario
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22 Septiembre 2009
Iglesia de la Asunción
Mi artículo anterior, fruto de un viaje sosegado por tierras manchegas camino de Valdepeñas, ha soliviantado mi espíritu a la par que se ha recreado en la contemplación de la belleza que encierra su campo y en la atractiva finura de sus gentes. Una vez más ha vuelto a quedarse mi complacencia en aquellas tierras a las que le debo buena parte de mi ventura y contento. Estoy intentando excusarme, porque mi intención –que no es nueva- es disfrutar escribiendo sobre La Mancha en unos artículos que, o bien irán apareciendo, o bien quedarán escritos para que cumplan otros menesteres más o menos prosaicos. No toda Castilla La Nueva, que así se llamó en los libros de antes, es Mancha, ni La Mancha debe participar de los caprichos políticos, que, así sin más, engarzan y revuelven unas provincias con otras a la manera de cómo se elabora un potaje abultado.
Ayer hablé de la vendimia, empresa natural y generalizada en La Mancha; hoy traigo a colación un pueblo representativo más por su terreno que por la personalidad de sus calles y por el estilo y genio de sus gentes. Me refiero a Valdepeñas.

Valdepeñas es un pueblo grande, blancuzco, apretado, en suave declive hacia el sur. No es el pueblo “manchegote” al uso, como pueden llevar o han llevado otros este calificativo. Diría más: el mancheguismo de Valdepeñas es, por lo menos, dudoso. Hay una alta Mancha, con capitalidad en Alcázar de San Juan, y una baja Mancha, que se reparte en dos regiones históricas: el Campo de Calatrava y los Campos de Montiel. Almagro y Villanueva de los Infantes –Infantes desde ahora, que así les gusta a los nativos llamarlo- son sus respectivos centros rectores. No está tan acusada ahora la capitalidad de Alcázar, que perdió honores desde que dejó de ser importante nudo ferroviario en las comunicaciones al Levante y al Sur.
Decía que en los linderos de estas tierras históricas se alza el señorío de Valdepeñas. Y obtuvo el título una vez vendido a don Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz, quien lo segregó de la Orden de Calatrava. Es un pueblo nuevo de más de 30.000 almas, y es vividor, laborioso, afectuoso, solidario y culto, cuyos orígenes se desconocen o son inciertos, aunque se le supone que fuera una pequeña aldea al abrigo de un monasterio en medio de campos de cereal, en la tierra de nadie. Es un pueblo de frontera, poco manchego, más bien andaluz. A mí me lo parece. Seguramente sería antaño una concentración de aire proletario, jornalero, que ha vivido con absoluta independencia, y se ha forjado como un tipo de gente que no ha pedido nunca nada y es rebelde por naturaleza. Ahí está la página gloriosa que firmó en la guerra de la Independencia el guerrillero “Chaleco”.
Pregunto a personas doctas de la localidad cómo es que Valdepeñas no figura en las “Relaciones topográficas de Felipe II”, cuando pueblos con 1.000 habitantes –el mío, un suponer-, sí figura, y no aciertan a entenderlo; pero les preocupa, no cabe duda. Nada se sabe de sus orígenes ni de sus peripecias en la Edad Media, ni tampoco de cómo surgieron los viñedos en su tierra roja. Uno puede entender que habría ciertos contactos con Tomelloso y que la progresiva riqueza de sus viñas desbarató su primario urbanismo hasta transformar la población y pasar de rural a núcleo ordenado y funcional. Sin embargo, conocidas las poblaciones limítrofes, se observa que no copió de ninguna de ellas. Valdepeñas no siente el menor deseo de acercarse a ninguna, ni siquiera a Infantes –la separa 30 km- con objeto de aprehender una miaja en sus construcciones. Es su rebeldía congénita. Para asombro de curiosos, las plazas de Almagro e Infantes están ahí, preciosistas en estilo, pero los valdepeñeros, a la hora de proyectar la suya la hacen romántica, de una complexión y fragancia meridionales. ¿No será una prolongación andaluza en tierra manchega a pesar de que los barrancos de Despeñaperros estuvieran interpuestos como valladar? Úbeda, Baeza y Linares están, si miramos bien, muy próximas.
Mi natural inclinación por la Historia temo que me haya hecho desviar de mi propósito lo suficiente como para provocar el desprecio del lector sobre estas letras. Realmente interesa más vivir que recordar - el recuerdo puede llegar a somatizar-, pues el recuerdo es pasado y la vida es presente, es respirar, existir, sobrevivir, ser, estar.
Es en la vida todo
transcurrir natural hacia la muerte,
y el gratuito don que es ser, y respirar,
respira y es hacia la nada angosta.
(Francisco Brines)
Apruebo, por tanto, que en los sucesivos capítulos que intentaré acabar, antes de hablar del pasado me remita al presente, a lo que vive, a lo que respira. Esa es al menos mi intención.
servido por Mario
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