TANTA FELICIDAD, ¿PARA QUÉ?
Se me hurtó la chica. No me la robaron, no; la perdí o se alejó de mí – qué más da- en un momento en que el rumbo de nuestros caminos nos separó con la violencia del mandato de un general en guerra. Claro que meses atrás el albur jugó sus cartas a nuestro favor y nos dio ases. Los aprovechamos y nos conocimos. Fue en un restaurante ¿recuerdas?, yo estaba en la barra bebiendo mis soledades del día, esas que me estaban acusando con aullidos largos la estupidez de un fracaso familiar. Yo bebía con desespero, a punto del vértigo, detestando todo, deseando a nadie, con la esperanza huída entre los turbiones desatados que acompañan al descalabro. Afuera llovía. Sueños truncos en la distancia, llorados por el recuerdo de las palabras que golpean y golpean hasta conformar la triste imagen de una vida que, de gritarle a los delirios, la voz se me quedaría ronca. Palabras que mueren en la boca, palabras en las que siempre estuvo ensartado el recuerdo de nuestra dolencia. Pensé salir a la calle y recibir la bendición del agua para calmar la sed de mi aprieto. No lo hice porque en aquella noche no tenía la intención de querer darle vida a lo que era cosa muerta. Tú esperabas mesa con unos amigos, también míos, y encaminé mis pasos hacia vosotros, cosas vivas y no muertas. Te vi de espaldas, esbelta y cenceña como un junco, con el cabello rubio y ensortijado hasta casi media espalda. Afuera llovía más aún. Nos presentaron – ella es Elena, dijeron- y me quedé con tus ojos esmeralda, tu boca carnal, tus pómulos firmes, tu palabra justa. Después te llamé, luego me enamoré y más tarde nos amamos no sin rastrear muy hondo hasta llegar a lo que me parecía estar demasiado lejos: tu mundo. Yo volví a la vida.
Te gustaba el campo, pasear por él, alancear los trigos con tus brazos largos como bicheros, entretener tu mirada en una flor o en una piedra, confundirte entre amapolas. Una tarde me adelanté a ti y te esperé al final de un surco. Eso fue por los primeros días de la escarda. El viento bajaba por la quebrada en tremolinas hasta las sementeras. Y la calina, sobre las tierras más altas, se habría en la huella de los ventarrones. Te me acercabas sonriendo y viéndote sonreír te tomé entre mis brazos y te tendí sobre la tierra. Musitabas sin convicción algún reproche inútil e innecesario que yo no escuchaba. Pero sí sentía en cada palabra el golpe de la sangre contra el pecho y el temblor de tus labios. Y aquel principio brusco se fue tornando suave, al fin fue roce leve entre la carne dura. Ya no hablabas, te dejabas hacer. ¡Dios, cuánto tiempo esperando esta revelación! Y así como cuando el sueño comienza a recoger la embriaguez de los sentidos, así cerraste los ojos y te dejaste transportar en la nube del sinjuicio y de la sinrazón hasta el estremecimiento en las entrañas. Y yo contigo. También nos acompañó el viento que hizo silencioso su rumor esquivando la tortuosidad del campo.
Eso fue la primera vez. A mí me pareció que tu sangre y la mía eran la misma y circulaba por el mismo torrente; que los pájaros sentían envidia; que todas las nubes del mundo se calmaban. Tú me dijiste: “hemos hecho mal pero no me arrepiento, te lo juro por el viento que nos acaricia”, ¿te acuerdas?
Te uniste a otra persona en matrimonio. Pero ¿y qué? Tu cuerpo seguía siendo mío, tu alma, también; lo mío tuyo. Los días pasaban, a veces oscuros como ramazones, a veces claros como una gota de lluvia. Así hasta que tu cuerpo se fue volviendo pleno, se te juntó la carne en la redondez de las caderas y el latir de la sangre te fue hinchando los senos. Un día de nubes cargadas como vientres, que lanzaban guijarros sobre el cristal de la ventana, me viniste a anunciar una vida encajada en tu cuerpo. Con valores de tierra removida mezclé mi aliento, y mi cara se pobló de muecas como las que preceden al desbordamiento de la pasión. ¿De quién, de quién es? Ni una palabra esclarecedora salió de tu boca. “Te tengo en mis sueños y siempre te tendré mientras tenga ardor mi memoria”. Sólo eso me dijiste. Y fueron mis ojos como lunares de candela.
Ya no éramos los mismos.
En mí se hizo resignación lo que antes fue ansiedad para una respuesta o para un guiño. Circuló entre nosotros un tiempo angosto y estirado en un derrumbamiento sin rastros ni sonidos, como condenado al fondo de los degalgaderos del olvido. No encuentro el lugar para el regreso y no sé qué cosa oscureció el camino, sólo sé que mi soberbia afloró y se negó a desandar el trecho para evitar que un tiempo sin tropel ni roturas resbalara también en la caída.
¿Qué fueron de nuestros sueños?
Esto lo estoy recordando en la barra de un bar. Como antaño. Yo con mis soledades y tu ausencia, a trago limpio con mi copa y con mi orgullo, apagando los gritos, los golpes de rebenque, el eco distante de los gritos, y sin voluntad para arrancar las espinas clavadas en mi desconsuelo. Yo tampoco te diría lo que he soñado en este último año sin ti, porque es triste recordar lo que el recuerdo trae en penas y quebrantos, si por penas se entendiera este ardor en los ojos cerrados y muertos.
Afuera llueve. Escucho la procesión del tiempo, la bajada del aire por la quebrada con sus bramidos largos, tan tristes y tan largos como aullidos de bestia en bramadero. Bebo con desespero, a punto del vértigo. Vuelvo al principio de mi dolencia, antes de conocerte; como si dos años no hubieran transcurrido, como si todo haya sucedido en un sueño en el que estoy sumergido aún. La vida ha descrito un círculo, me ha embarcado en él, ha borrado todas sus huellas y me ha dejado con lastre en el punto de partida. Me vienen los cangilones por donde ronda la muerte con sus malos remiendos, y esas imágenes que fluyen por los temores de la memoria. No quiero despertar, no quiero volver a casa, no quiero ser yo. La vida es cruel. Tanta felicidad, ¿para qué?


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