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Lisboa es una ciudad tranquila y amorosa que ha ido atravesando las épocas, yéndose con pasos lentos desde la Catedral, siglo XII, a los modernísimos puentes tendidos sobre el río Tagus; desde el acueducto Aguas Livres, siglo XVIII, a la futurista Estación de Oriente.
Lisboa pertenece al género de ciudades con encanto. Para el turista ocasional, la ciudad, además, sorprende y atrapa. Para el viajero que pretenda sumergirse en una cultura diferente, también está presente Lisboa. Yo os presento unas imágenes que a mí siempre se me quedan retenidas para que así la memoria las pueda rescatar una y otra vez. Es una ciudad a la que siempre quieres volver y llenarte de aquello que te transmitieron en el primer viaje.
Lisboa es oro y ocre, un color dorado que la piedra le imprime y que le da el sabor de lo antiguo. Emana el sabor añejo en calles y fachadas, en monumentos, en tranvías y plazas.
Del color del albero, Lisboa embiste a los sentidos.















servido por sisapo
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Soy un amante del campo y de los pueblos. Un admirador de los pueblos. Cualquier provincia española los ofrece iguales y distintos, todos ellos con iglesias grandes o pequeñas, casas de piedra y casas de tapiales encalados o no. Tienen su historia y su cielo azul, su pasado, sus pórticos y su sol, todo mezclado. Y La Mancha los brinda. Recorrerla; contrastar los tonos distintos de un paisaje al que le han puesto –a veces irónicamente- el marbete de monótono; recoger el carácter de sus gentes; captar lo ido y lo que queda de la antigua grandeza de estos pueblos; pintar con la pluma o con el pincel lo que he visto... no es nueva la idea ni original el propósito. Yo simplemente gusto de husmearlo todo, de entrar en todas partes, o en las que me dejen, porque es la forma más sencilla y natural que tengo para aprender. No me sirven las guías, ni mucho los libros de viaje, si estoy en casa, cómodamente sentado, al amor de una lumbre o recién salido de la piscina. Eso está bien para escuchar música, para escribir unos versos o para repasar las cuentas del banco. La vida que ahorma, que hace trizas a la rutina y que te capacita para hacerle guiños a la socarronería, y faculta para engastarte en la astucia y la sutileza, está fuera de uno, está en la calle. A tenor de lo que estoy diciendo, me vienen ahora a las mientes unos versos que me cautivaron, como todos los de su autor, leídos cuando era niño. Son de Machado:
Poned sobre los campos
un carbonero, un sabio y un poeta.
Veréis como el poeta admira y calla,
el sabio mira y piensa...
Seguramente, el carbonero busca
las moras o las setas.
Llevadlos al teatro
y sólo el carbonero no bosteza.
Quien prefiere lo vivo a lo pintado
es el hombre que piensa, canta o sueña.
El carbonero tiene
llena de fantasías la cabeza.
La Mancha exige espíritus abiertos para comprenderla. Es comprenderla, saber captarla, que no quiere decir aprobar cómo es todo y cuanto nos muestra con su sencillez.
Yo creo que los pueblos son, emotivamente, más interesantes que las capitales. Éstas, humanamente, carecen de personalidad: somos un islote desconocido en un mar ignorado. Es una carrera contra el tiempo, un mirar sin ver, un personaje de cuento al que nadie le hace caso. No sirven para los recorridos turísticos emocionales; porque hay, a mi entender, dos formas distintas de ver una ciudad, de estar en una ciudad. Ver, apenas vale para nada. Estar, aunque sea breve la estancia, pero parándose y dejando que la ciudad, el rincón concreto, la tasca al paso, la tienda pequeña, o la fachada románica, es la forma más auténtica de gozar la esteticidad de aquello que pretendemos aprehender y fijar en nuestro recuerdo.
En mi juventud, atrapado durante muchos años por los libros, amigos sabios, me emocionaba ante la visión de una lámina de cualquier catedral y de cualquier estilo. Y si estudiaba in situ la piedra, estaba dispuesto a hacerla hablar: ¿por qué está ahí, por qué pertenece a ese estilo y no a otro que se asemeje, en qué siglo había sido tallada...? Hoy me intereso por la floresta humana, y de ella apuesto por el árbol más que por el bosque. El arte no lo olvido ni lo dejo, pero hoy me preocupo más por una persona que por una catedral. La persona me habla, sonríe, gesticula, mira, y mientras la escucho me voy esponjando de su sabiduría.
Días, meses o años después, cuando queramos traer a la memoria los incidentes de aquel viaje que hicimos, los momentos más gratos, yo recordaré fácilmente a aquel sencillo aldeano que nos mostraba su humanidad y su talento natural antes que a su iglesia románica.
Al hilo de lo que acabo de relatar, preámbulo o excusa demasiado largo para mi interés de ahora, se me ocurrió no hace mucho tiempo visitar el pueblo más pequeño, con menos habitantes, de la provincia de Ciudad Real (la tierra tira mucho). Me documento, y una vez hallado (para este menester sí vale una guía), lo visité. Se halla cerca de la capital, pero lejos de Ciudad Real, separado por esa barrera invisible que hace a este pueblo, pueblo, y a Ciudad Real, ciudad. No pasará de 30 habitantes y muchos me parecieron después de recorrerlo. No obstante su situación, lindero con la carretera, puedes pasar de largo si no estás avisado de adonde vas. Dos entradas me llevan a él: una polvorienta e intransitable y la otra, empedrada. Lo visito andando desde la entrada y percibo que es un pueblo como todos los pueblos de La Mancha: caminos polvorientos, calles (tres, ni una más ni una menos) empedradas, y tanto silencio como en una catedral. Corrales y trascorrales de piedra vencida o barro, a mi derecha; unas casas habitadas, a mi izquierda. No hay plaza y desemboco enseguida en una encrucijada que la dibujan las otras calles. Y desde allí, el campo, los trigos, los barbechos, la tierra roja, volcánica y crujiente. Los majuelos y los olivares cenicientos al otro lado de la carretera que dejé. Una iglesia chiquita, moderna y, por supuesto, sin historia. Cerrada, naturalmente. Una mujer me está observando desde su casa a través de una puerta de cuarterones y a ella me dirijo pidiéndole ayuda para entrar en la iglesia. Es como yo me la había imaginado, para no más de 15 fieles. Me dice que se llama Salud.
-Salud, ¿a quién se venera aquí?
-A San Blas, mírelo usté ahí.
¡Ah!
Con San Blas, una talla sin valor artístico, no puedo hablar, con Salud, sí. Me cuenta cosas del pueblo, de sus hijos, me pregunta de donde soy, y a qué vengo aquí, si aquí no viene nadie, si hasta los pájaros huyen... Se entrega en cuerpo y alma esta mujer bondadosa.
-Salud, ¿y la gente dónde está?
-Los hombres en el campo, ¿dónde van a estar? Y las mujeres en sus casas, ¿dónde quiere usté que estén si aquí no hay diversión ninguna? ¡Si aquí no hay nadie, mire usté! Yo tengo que estar pendiente de la iglesia porque me lo ha mandado el señor cura, don Nicolás, que si no, no me movería de la silla. Ya me ve usté como estoy, que no puedo andar, y me pusieron Salú.
-¿Y el cura qué dice, por qué no la releva?
-¿Qué dice usté?
-¿Que por qué no nombra a otra persona?
-Nadie quiere, ¡si aquí no va casi nadie a misa!
Se dispara hablando, es una ametralladora de palabras sin ofensas. Cuesta creer que esta persona despliegue su vocación parlamentaria ante un desconocido que no va a volver a ver jamás. Seguramente no tiene ocasión de hablar con nadie. Apuesto a que un pueblo como este, o parecido, inspiró a Rulfo su gran novela. Aquí está Comala, un pueblo fantasma, sin gente viva y sin ilusión.
Y abandono el pueblo convencido de que puede ser éste el más pequeño y el más vulnerable de España. Me llevo la ternura y la generosidad de Salud y el silencio de las calles del pueblo. Un silencio tan hondo que tiene una entidad propia, que existe como algo distinto y con personalidad.
Sólo el vuelo limpio y donoso de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados viejos sin que nadie interrumpiera sus cuitas. Es lo único vivo del pueblo. Me voy triste.
servido por sisapo
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Hoy voy viajando sin moverme, quiero decir desde la mesa de mi estudio, por mi tierra, hermosa y querida. Y desconocida. Ningún trabajo me cuesta ceñirme a la realidad porque la conozco casi a la perfección. Me gusta novelar, me hallo a gusto cuando invento, me encuentro a mí mismo cuando fabulo sobre una historia de misterio, sobre un crimen jamás conocido por su pureza y perfección. Pero hoy no me hace falta echar mano de la fantasía o de la entelequia. Lo que aquí abajo se dice es pura realidad.
Bien está dar a conocer detalles de lo que se ama aunque resulte de una pedantería pirógena, pero es difícil sustraerse a lo que cobija el alma. Y se dice y se expone pidiendo perdón a quienes conocen los caminos que surcan la llanura y a los que este paisaje que con tanta fuerza me nace les resulta indiferente. O alejado por la geografía o las ideas.
***
La inmensa llanura manchega está salpicada de cresterías y serranías secas y austeras. El cielo interminable se refleja en unas cuantas lagunas interiores que son oasis de caminantes, y donde siguen congregándose multitud de peculiares especies de aves. Y, por supuesto...
Como gigantes contra el cielo, moviendo sus brazos amenazadores, encontramos los molinos que Don Quijote vio en Consuegra (dominadora desde su altura del río Amarguillo, tributario del Guadiana), en Campo de Criptana (en su dominio fisiográfico se desarrollan complejos lagunares y es cruzado por el cauce del río Záncara), en Mota del Cuervo (villa santiaguista y balcón de la Mancha) ... Estas tres poblaciones, visitables en un solo día gracias a las llanas carreteras que las unen, albergan los molinos
de viento mejor conservados de toda España. Y siguen allí, como hace varios siglos, aunque ahora como recuerdos mudos de siglos pasados. Los modernos caballeros, los que hoy quedan, se acercan a ellos con respeto y veneración para conocer de primera mano cómo influyeron en la vida de sus coetáneos y para rememorar en nuestra imaginación la colosal aventura quijotesca en la que Don Quijote transmigró la personalidad:
-¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves –respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced –respondió Sancho- que aquellos no son gigantes, sino molinos de viento.
-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes.


En Consuegra, sobre el cerro Calderico, al que se debe escalar a pie para mayor solaz, disponemos de una fascinante vista, probablemente la más bella, de sus once molinos harineros, inmaculados y perennes contra el cielo azul, excesivamente azul, que apisona el paisaje de La Mancha. Más allá o más acá, según se vaya o se venga, el castillo de San Juan en hilera con los gigantes en un apretado compromiso de defensa. Rememorar desde su pie que tamaña salvaguardia no sería la primera vez que ocurriera, pues ya en el año 1097 fue defendido por el Rey Alfonso VI del asedio de las huestes almorávides y donde murió Diego Rodríguez, hijo del Cid Campeador.
La Mancha es una de esas inmensas soledades que quedan en España, como el Valle de Alcudia al que pertenezco y el que se incorpora al paisaje. Una soledad agitada por una vida tremenda que casi no se percibe desde lejos, pero que te abruma y te posee hasta la fatiga cuando te entregas a ella.
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Torre de encabritados miradores,
intermedio de surcos y de nubes,
el molino de viento tiene un subes,
un subes y un abajas vibradores.
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(Está frente a los vientos llegadores,
delante de los surcos y las nubes,
y aterriza en los campos si te subes
a sus encabritados miradores).
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Tiene una solitaria ejecutoria
con aspas relojeras. Determina
monotonía en círculos de noria.
*****
Resiste en su puntal, tiembla, se inclina
curvado en su velamen. Muele historia
lidiando el viento-toro que lo empina.
servido por sisapo
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