...SIGUE JUAN RULFO

MÁS SOBRE PEDRO PÁRAMO
Un jinete desorientado y triste camina hacia Comala como huyendo o buscando algo.
- Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Así abre el relato insólito para el que el mismo Juan Rulfo ha nacido con exclusividad.
.………
¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? –oí que me preguntaban. Voy a ver a mi padre –contesté.
-¡Ah! –dijo él.
Y volvimos al silencio.
El jinete hace camino con alguien de muy pocas palabras que encuentra en un cruce de caminos. Imaginemos una tierra reseca, en el México desierto y una aldea improbable detrás de unos montes. Un paisaje inclemente, ardido en el sol del verano y borrado por los vientos en invierno. El otro personaje, ya emparejado a su paso, le confiesa sin entusiasmo alguno que él es también hijo de Pedro Páramo. El jinete se interesa por Comala.
-Mire usted -me dice el arriero, deteniéndose-. ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja de aquél cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media Luna de punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con la mirada. Y es de él todo este terrenal. El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar. Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?
-No me acuerdo.
-Váyase mucho al carajo.
-¿Qué dice usted?
-¿Que ya estamos llegando, señor.
-¿Qué pasó por aquí, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado? Parece que no lo habitara nadie.
-No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie
-¿Y Pedro Páramo?
-Pedro Páramo murió hace muchos años.
Este desenlace, esta confesión final llena de frialdad y tibieza es desgarradora para el jinete que no busca a su padre sólo por conocerlo, sino por recomendación de su madre antes de morir:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
En Comala hay quienes no pueden salir definitivamente de la vida. Los que entran en la aldea no sienten que podrían estar entre muertos y ya muertos ellos mismos. Comala, la aldea perdida, triste, llena de feroces pasiones y de crímenes, es todo el mundo.
Amores envejecidos, cuerpos que sudan en los camastros, venganzas atroces levantadas desde el odio. Odios que naufragan en el olvido. El tiempo es un viento implacable que lleva a todas las vidas hacia ninguna parte. Hay en Comala una nómina de perros flacos, lánguidos, desesperados, del México profundo. Hay muertos que viven y vivos que están muertos.
Hay una estructura de silencios, pero de silencios entre las cortas escenas que pautan un tiempo simultáneo que es un no tiempo.
Es un libro magistral, un libro de cabecera para quien guste de la novela.
De Pedro Páramo y de Juan Rulfo se puede escribir sin desmayo eternamente. Pero recurro a la frase quevedesca de: “Si lo breve bueno, dos veces bueno”.




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