UN POETA ESPAÑOL: MIGUEL HERNÁNDEZ
MURIÓ DE DOLOR EN LA CÁRCEL
Nació en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Su padre se dedicaba a la cría de un rebaño de 80 ó 90 cabras, y muy pronto necesitaría la ayuda de sus dos hijos varones para tal oficio y menester. Miguel se inició en el cuidado de los ani
males, y su diario trajín con estos lo puso en contacto directo con todo tipo de plantas y animales, de las que conocía nombres, características, épocas de recolección, etc.
Asiste a las escuelas del Ave María (destinada a las familias con menos recursos), donde aprende las primeras letras y donde empezará a descubrir su gran pasión: la lectura. Entre 1924 y 1925, en las escuelas del Colegio de Santo Domingo, destacó en los estudios, motivo por el cual los jesuitas ofrecieron al padre la posibilidad de sufragarle una carrera, posibilidad que su padre desestimó. Pero Miguel Hernández ya se había asomado a la cultura y fue la suya una carrera contra el tiempo, contra la voluntad paterna, contra la economía y contra los imponderables que le impedían robustecer su cultura. No se conformaba con ser un pastor a la deriva entre los cerros y los campos de Orihuela, por lo que siempre iba acompañado de un libro: la Eneida, el Quijote, la poesía de San Juan de la Cruz y de Garcilaso, novelas de Miró y tantos otros libros que le prestaba el vicario de la diócesis o que obtenía de la biblioteca del Círculo de Bellas Artes.

MENOSPRECIO DE CORTE
Madrid era ancho y ajeno para el joven provinciano, que apenas había rebasado los límites de su villa natal. La capital lo desborda por su magnitud. No está capacitado para abrirse paso entre la barahúnda y se da cuenta de su propia osadía. Y apenas entra en contacto con quienes estaban en primera línea de las letras. Vuelve a Orihuela sin dinero y con una cédula de identificación falsa. La guardia civil lo detuvo y le hizo pasar los primeros tragos amargos de su vida.
La segunda etapa madrileña comienza con mejores auspicios, pues José Bergam´ín le publica algunos poemas. José María Cossío, que prepara una gran obra taurina en Espasa-Calpe lo nombra secretario y esta ocupación no sólo le sirvió como fuente de ingresos providencial, sino que le permitió ahondar en el mundo del toro y del torero, otro de sus grandes temas poéticos. Y empieza su escalada de reconocimientos.
No se cuentan los frecuentes silencios cuando se habla de Miguel. Uno de ellos es que no se mencionan los vacíos que creaban en torno suyo, a partir de 1934, cuando regresó a Madrid. Los poetas señoritos como García Lorca o Cernuda, elegantes que no terminaban de aceptar a quien “no se le había caído el pelo de la dehesa”.
Para una de sus valedoras, Concha Zardoya, que lo conoció gracias a Neruda, Miguel seguía teniendo en Madrid “esa cosa virgen de chico de la tierra, del pastoreo, del monteo, con unos ojos enormes, muy rapado, poco amigo de adornos; era como estar escuchando a los pájaros”.
Ha sido el más alto exponente del hombre y el poeta que se forjó a sí mismo, sin patrón, sin mentor, sin guía.
Pocas veces un poeta tuvo una vida tan difícil, tan rápida y tan trágica en aquella España de la República, la guerra y el hambre. Difícil porque fue pobre; rápida porque murió a los 31 años, sin tiempo casi ni de casarse; y trágica porque la quinta parte de su vida transcurrió en trincheras y cárceles. Y porque su muerte fue de las que hacen vacilar la fe. Cualquier clase de fe.
Tres son los mitos que han acechado siempre la percepción de Miguel, según cuenta uno de sus biógrafos: son los mitos del poeta –cabrero- , la imagen del poeta que lee a Góngora mientras cuida el rebaño; el mito del poeta –soldado- que es pasto de cantautores y octavillas; y el mito del poeta –mártir- que muere en la cárcel componiendo versos de memoria por falta de papel, mito delicado porque a la vez que ayuda a difundir su obra, la lastra.
MUERTE
La agonía de Miguel Hernández en las prisiones de España desde 1939 a 1942 constituye uno de los episodios más dolorosos de la Guerra Civil, por lo general menos conocida que el fusilamiento de Lorca en el Barranco de Viznar y el cruce de la frontera de Colliure por Antonio Machado con su madre en brazos.
El 28 de marzo de 1942, a las cinco y media de la mañana, muere. Era sábado, víspera del Domingo de Ramos. Su cuerpo fue inhumado al día siguiente en el cementerio de Alicante. Unos cuantos amigos y algunos familiares asistieron.
SEÑALES-de vida
Estas llagas que llevo boquiabiertas
en mis pies y en mis manos son de frío
que me ataca la piel al escampío
y abre a mi sangre dolorosas puertas.
***
A estos ojos inmóviles y alertas
la soledad les dio su señorío
y este ceño pacífico y umbrío
es de mirar las nubes y las huertas.
***
Esta altura la cumbre me la ha dado,
esta pureza el aire de la aurora,
este color la luz de los enceros,
***
esta pobreza, Dios, y este cayado.
Y esta manera dulce una pastora
que ilumina el perfil de mis oteros.
Como el toro he nacido para el luto...
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
***
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
***
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
***
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.








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fenicia dijo
Me encanta leer a Miguel Hernandez
kisses y gracias
Feny
27 Enero 2008 | 05:26 PM