JOSÉ TOMÁS

El toro de Guisando que pace en piedra al pie de las murallas de Ávila, hermano de sangre de los berracos iberos primigenios, se había vestido de bonito y andaba mugiendo de contento por la ciudad, de corrillo en corrillo, perorando sobre los tres principios básicos del arte del toreo: parar, templar y mandar. Se le veía sentencioso y eufórico, con la plenitud cósmica que se les pone a los aficionados en las grandes ocasiones. No era para menos, porque esta tarde de domingo torea en la ciudad José Tomás, el inmóvil de sí mismo, el sonámbulo del albero, en mano a mano con El Juli.
Ya andaba revuelta la ciudad muchos días antes, como un viejo burgo que se preparase para un asedio. La Protectora de Animales, para no faltar a una de las más nobles y antiguas tradiciones taurinas, había manifestado su antitaurinismo radical con la ya manida retahíla de argumentos sentimentales, tan inútiles de contraponer a las sentimentales razones de los buenos aficionados. Se había apoderado de la ciudad un cierto clima de embriaguez festiva, de orgulloso delirio reivindicativo en el que se mezclaban la fe, la convicción y el puro bochinche, como en el puerto de Mesina la noche previa a que zarpasen las galeras rumbo a la batalla de Lepanto.
En el bar, sin ninguna prisa esperando mesa, el camarero se estira y comenta:
-Hoy somos la envidia del mundo, joven. Esta es la capital del universo taurino. ¿De dónde vienes, porque estás aquí por la corrida, no?
-¡Naturalmente!, le habla mi anfitrión, del que soy deudor cautivo desde muchos años atrás.

Estamos en el bar del hotel Palacio de los Velada, mentidero de la causa. Los corrillos elucubran sobre la actualidad del toro. Se comenta la cogida grave de Luis Francisco Esplá en Francia. El toro le empitonó y le acertó en el escroto. Un tertuliano con su luminosa vejez y su whisky con hielo en vaso corto, es quien lo comenta. Hay rubias de bote en la cafetería, que sujetan el catavinos por la base, en un pellizco delicado. Hay pijos de rizosa melenita con gomina y bronceado torrefacto de patrón de vela. Hay ancianos flemáticos derrumbados en los sofás del patio acristalado del hotel, fuera del mundo, como en un sueño de antiguas faenas platónicas. Hay un trío de gitanos lorqueños que mantienen en la boca un punto de cante rumbero que lo sostienen ante la mirada inquisitorial de algunos feligreses.
Todos tienen en los ojos el brillo de los peregrinos, como yo, que esperamos impactantes el milagro de las grandes faenas. Uno de tez oscura y de aspecto montuno le pregunta al barman, que está manejando la coctelera con la precisión de un percusionista habanero:
--¿Qué tiene José Tomás que no tienen los otros?
--Verdad y leyenda, como este ginfizz de aquí adentro, apunta el barman serio y complacido.

No se lo ha pensado. Porque tener leyenda siendo de Galapagar es casi un fervoroso insulto. Si hubiera nacido en Córdoba, ¿qué apelativo le hubiera puesto o hasta dónde lo habría elevado? Pero ahora pienso yo, y me digo que la leyenda que envuelve a los elegidos suele ser caprichosa y, aunque posee sus razones, estas razones no suelen poseer fundamento. El azar es así: señala y enviste; apunta y unge. Los que no comprenden la esencia de las leyendas se dicen, aturdidos, que José Tomás no ejerce de matador a tiempo completo, que no se le conocen hazañas de sábanas, que la depresión aletea en su cabeza, que es socio del Atleti y no hincha del Madrid. Ingredientes para alimentar su leyenda.
José Tomás posee algo intangible pero evidente a la vista: el misterio. Misterio y tradición de gran toreo. El misterio no tiene explicación, es un aura que se desprende de algunos y de otros no. (Manolete, el ídolo de José Tomás, lo poseía en grado sumo, y cuentan que cuando llegaba a cualquier sitio, la gente se callaba.) La mejor tradición taurina se revela haciendo las cosas con seriedad, con hondura, sin aspavientos ni cohetería, con la llamada quietud, que es lentitud en realidad: Toreo franco hacia la emoción estética.
José Tomás es un elegido por todo eso, y porque los hombres, lo sepan o no, son criaturas líricas, animales narrativos que exigen héroes. La fábula, el relato de la vida en la vida, constituye una necesidad, un alimento, un pan que se come junto con el pan.
LA CORRIDA
Hay un acuerdo unánime en la plaza. Él, que está en el secreto, ejerce de vínculo para que asistamos a la conmoción. Ortega y Gasset, en su tratado La caza y los toros, dice que “quien no se haya construido con rigurosa construcción lo que sucede en una plaza de toros no podrá entender la Historia de España”. Hoy hay aquí algo de la España presente al olor del torero que todos queremos ver: políticos y politicones; la nobleza y el pueblo de a pie; famosos, famosillos y famorrendos; los que no saben pero quieren saber y los partidarios ciegos; los pelmazos parlanchines y los observadores silentes. Aquí sí se ejerce la democracia: mezcla de entendimiento, saber y opiniones diversas hacia una misma dirección. No falta una cofradía de vascos que están santificando la tarde con chistorra y vino tinto, bebido a gañote, de una bota más que zurrada.
No fue una tarde para la gloria. El Juli estuvo más afortunado y salió a hombros con oreja de cada uno de sus toros. José Tomás mostró una vez más su quietud budista, su clasicismo vigoroso, y unos estatuarios en el segundo para la memoria. Aprovechó para desmontar la teoría de que un diestro rico no se arrima. No se puede decir que esté canino precisamente y se pasó a sus oponentes a micras de su taleguilla. Ha formulado además una nueva ley de la impenetrabilidad de los cuerpos, haciendo etérea la materia en virtud de un desprecio por la misma que nace de un valor infinito. Y, por si fuera poco, reivindicó la esencia del tomismo –ahora reconvertido en tomasismo-: ver para creer. Y miles de espectadores vieron, creyeron y cayeron rendidos ante él. Su premio: un apéndice.
Después, en el rincón de la muralla donde pasta inmóvil, volví a ver al toro de Guisando que mugía a la luna el relato de la tarde en la plaza, ahora que José Tomás ha vuelto para quedarse. Dicen.
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Un remate, que era lo que le hacia falta a este relato. Una cuchufleta de Joaquín Sabina.







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pepita-grilla-y-grunona dijo
Perdón por la ausencia de tu blog, en cuanto vuelva te comento
Mientras recibe un abrazo
27 Marzo 2008 | 09:27 PM