¿VISITÉ COMALA?
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Poned sobre los campos
un carbonero, un sabio y un poeta.
Veréis como el poeta admira y calla,
el sabio mira y piensa...
Seguramente, el carbonero busca
las moras o las setas.
Llevadlos al teatro
y sólo el carbonero no bosteza.
Quien prefiere lo vivo a lo pintado
es el hombre que piensa, canta o sueña.
El carbonero tiene
llena de fantasías la cabeza.
La Mancha exige espíritus abiertos para comprenderla. Es comprenderla, saber captarla, que no quiere decir aprobar cómo es todo y cuanto nos muestra con su sencillez.
Yo creo que los pueblos son, emotivamente, más interesantes que las capitales. Éstas, humanamente, carecen de personalidad: somos un islote desconocido en un mar ignorado. Es una carrera contra el tiempo, un mirar sin ver, un personaje de cuento al que nadie le hace caso. No sirven para los recorridos turísticos emocionales; porque hay, a mi entender, dos formas distintas de ver una ciudad, de estar en una ciudad. Ver, apenas vale para nada. Estar, aunque sea breve la estancia, pero parándose y dejando que la ciudad, el rincón concreto, la tasca al paso, la tienda pequeña, o la fachada románica, es la forma más auténtica de gozar la esteticidad de aquello que pretendemos aprehender y fijar en nuestro recuerdo.
En mi juventud, atrapado durante muchos años por los libros, amigos sabios, me emocionaba ante la visión de una lámina de cualquier catedral y de cualquier estilo. Y si estudiaba in situ la piedra, estaba dispuesto a hacerla hablar: ¿por qué está ahí, por qué pertenece a ese estilo y no a otro que se asemeje, en qué siglo había sido tallada...? Hoy me intereso por la floresta humana, y de ella apuesto por el árbol más que por el bosque. El arte no lo olvido ni lo dejo, pero hoy me preocupo más por una persona que por una catedral. La persona me habla, sonríe, gesticula, mira, y mientras la escucho me voy esponjando de su sabiduría.
Días, meses o años después, cuando queramos traer a la memoria los incidentes de aquel viaje que hicimos, los momentos más gratos, yo recordaré fácilmente a aquel sencillo aldeano que nos mostraba su humanidad y su talento natural antes que a su iglesia románica.
Al hilo de lo que acabo de relatar, preámbulo o excusa demasiado largo para mi interés de ahora, se me ocurrió no hace mucho tiempo visitar el pueblo más pequeño, con menos habitantes, de la provincia de Ciudad Real (la tierra tira mucho). Me documento, y una vez hallado (para este menester sí vale una guía), lo visité. Se halla cerca de la capital, pero lejos de Ciudad Real, separado por esa barrera invisible que hace a este pueblo, pueblo, y a Ciudad Real, ciudad. No pasará de 30 habitantes y muchos me parecieron después de recorrerlo. No obstante su situación, lindero con la carretera, puedes pasar de largo si no estás avisado de adonde vas. Dos entradas me llevan a él: una polvorienta e intransitable y la otra, empedrada. Lo visito andando desde la entrada y percibo que es un pueblo como todos los pueblos de La Mancha: caminos polvorientos, calles (tres, ni una más ni una menos) empedradas, y tanto silencio como en una catedral. Corrales y trascorrales de piedra vencida o barro, a mi derecha; unas casas habitadas, a mi izquierda. No hay plaza y desemboco enseguida en una encrucijada que la dibujan las otras calles. Y desde allí, el campo, los trigos, los barbechos, la tierra roja, volcánica y crujiente. Los majuelos y los olivares cenicientos al otro lado de la carretera que dejé. Una iglesia chiquita, moderna y, por supuesto, sin historia. Cerrada, naturalmente. Una mujer me está observando desde su casa a través de una puerta de cuarterones y a ella me dirijo pidiéndole ayuda para entrar en la iglesia. Es como yo me la había imaginado, para no más de 15 fieles. Me dice que se llama Salud.
-Salud, ¿a quién se venera aquí?
-A San Blas, mírelo usté ahí.
¡Ah!
Con San Blas, una talla sin valor artístico, no puedo hablar, con Salud, sí. Me cuenta cosas del pueblo, de sus hijos, me pregunta de donde soy, y a qué vengo aquí, si aquí no viene nadie, si hasta los pájaros huyen... Se entrega en cuerpo y alma esta mujer bondadosa.
-Salud, ¿y la gente dónde está?
-Los hombres en el campo, ¿dónde van a estar? Y las mujeres en sus casas, ¿dónde quiere usté que estén si aquí no hay diversión ninguna? ¡Si aquí no hay nadie, mire usté! Yo tengo que estar pendiente de la iglesia porque me lo ha mandado el señor cura, don Nicolás, que si no, no me movería de la silla. Ya me ve usté como estoy, que no puedo andar, y me pusieron Salú.
-¿Y el cura qué dice, por qué no la releva?
-¿Qué dice usté?
-¿Que por qué no nombra a otra persona?
-Nadie quiere, ¡si aquí no va casi nadie a misa!
Se dispara hablando, es una ametralladora de palabras sin ofensas. Cuesta creer que esta persona despliegue su vocación parlamentaria ante un desconocido que no va a volver a ver jamás. Seguramente no tiene ocasión de hablar con nadie. Apuesto a que un pueblo como este, o parecido, inspiró a Rulfo su gran novela. Aquí está Comala, un pueblo fantasma, sin gente viva y sin ilusión.
Y abandono el pueblo convencido de que puede ser éste el más pequeño y el más vulnerable de España. Me llevo la ternura y la generosidad de Salud y el silencio de las calles del pueblo. Un silencio tan hondo que tiene una entidad propia, que existe como algo distinto y con personalidad.
Sólo el vuelo limpio y donoso de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados viejos sin que nadie interrumpiera sus cuitas. Es lo único vivo del pueblo. Me voy triste.





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poinmasia dijo
Hola, Mario, me he venido a pasear contigo un rato, No sé que inquietud me desvela. Pasé toda la mañana de hoy en el Hospital "La Paz", ese inmenso hospital de Madrid donde esperas sentada en los pasillos a que "te pasen consulta". Tu idea de "visitar" las gentes la vivo yo cada vez que me siento en uno de esos pasillos y veo pasar esa procesión de los milagros: llevan todos la faz desnuda, transparente. El viejo resignado, la joven preocupada, el niño somnoliento, la mamá inquieta, el elegante venido a menos o el borrachito a quien las enfermeras miman. El mundo al revés, tierno, frágil, sin ruido. Un abrazo, viajero.
25 Abril 2008 | 02:56 AM