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Terra
La Coctelera

sisapo

24 Abril 2008

¿VISITÉ COMALA?

**

Soy un amante del campo y de los pueblos. Un admirador de los pueblos. Cualquier provincia española los ofrece iguales y distintos, todos ellos con iglesias grandes o pequeñas, casas de piedra y casas de tapiales encalados o no. Tienen su historia y su cielo azul, su pasado, sus pórticos y su sol, todo mezclado. Y La Mancha los brinda. Recorrerla; contrastar los tonos distintos de un paisaje al que le han puesto –a veces irónicamente- el marbete de monótono; recoger el carácter de sus gentes; captar lo ido y lo que queda de la antigua grandeza de estos pueblos; pintar con la pluma o con el pincel lo que he visto... no es nueva la idea ni original el propósito. Yo simplemente gusto de husmearlo todo, de entrar en todas partes, o en las que me dejen, porque es la forma más sencilla y natural que tengo para aprender. No me sirven las guías, ni mucho los libros de viaje, si estoy en casa, cómodamente sentado, al amor de una lumbre o recién salido de la piscina. Eso está bien para escuchar música, para escribir unos versos o para repasar las cuentas del banco. La vida que ahorma, que hace trizas a la rutina y que te capacita para hacerle guiños a la socarronería, y faculta para engastarte en la astucia y la sutileza, está fuera de uno, está en la calle. A tenor de lo que estoy diciendo, me vienen ahora a las mientes unos versos que me cautivaron, como todos los de su autor, leídos cuando era niño. Son de Machado:

Poned sobre los campos

un carbonero, un sabio y un poeta.

Veréis como el poeta admira y calla,

el sabio mira y piensa...

Seguramente, el carbonero busca

las moras o las setas.

Llevadlos al teatro

y sólo el carbonero no bosteza.

Quien prefiere lo vivo a lo pintado

es el hombre que piensa, canta o sueña.

El carbonero tiene

llena de fantasías la cabeza.

La Mancha exige espíritus abiertos para comprenderla. Es comprenderla, saber captarla, que no quiere decir aprobar cómo es todo y cuanto nos muestra con su sencillez.

Yo creo que los pueblos son, emotivamente, más interesantes que las capitales. Éstas, humanamente, carecen de personalidad: somos un islote desconocido en un mar ignorado. Es una carrera contra el tiempo, un mirar sin ver, un personaje de cuento al que nadie le hace caso. No sirven para los recorridos turísticos emocionales; porque hay, a mi entender, dos formas distintas de ver una ciudad, de estar en una ciudad. Ver, apenas vale para nada. Estar, aunque sea breve la estancia, pero parándose y dejando que la ciudad, el rincón concreto, la tasca al paso, la tienda pequeña, o la fachada románica, es la forma más auténtica de gozar la esteticidad de aquello que pretendemos aprehender y fijar en nuestro recuerdo.

En mi juventud, atrapado durante muchos años por los libros, amigos sabios, me emocionaba ante la visión de una lámina de cualquier catedral y de cualquier estilo. Y si estudiaba in situ la piedra, estaba dispuesto a hacerla hablar: ¿por qué está ahí, por qué pertenece a ese estilo y no a otro que se asemeje, en qué siglo había sido tallada...? Hoy me intereso por la floresta humana, y de ella apuesto por el árbol más que por el bosque. El arte no lo olvido ni lo dejo, pero hoy me preocupo más por una persona que por una catedral. La persona me habla, sonríe, gesticula, mira, y mientras la escucho me voy esponjando de su sabiduría.

Días, meses o años después, cuando queramos traer a la memoria los incidentes de aquel viaje que hicimos, los momentos más gratos, yo recordaré fácilmente a aquel sencillo aldeano que nos mostraba su humanidad y su talento natural antes que a su iglesia románica.

Al hilo de lo que acabo de relatar, preámbulo o excusa demasiado largo para mi interés de ahora, se me ocurrió no hace mucho tiempo visitar el pueblo más pequeño, con menos habitantes, de la provincia de Ciudad Real (la tierra tira mucho). Me documento, y una vez hallado (para este menester sí vale una guía), lo visité. Se halla cerca de la capital, pero lejos de Ciudad Real, separado por esa barrera invisible que hace a este pueblo, pueblo, y a Ciudad Real, ciudad. No pasará de 30 habitantes y muchos me parecieron después de recorrerlo. No obstante su situación, lindero con la carretera, puedes pasar de largo si no estás avisado de adonde vas. Dos entradas me llevan a él: una polvorienta e intransitable y la otra, empedrada. Lo visito andando desde la entrada y percibo que es un pueblo como todos los pueblos de La Mancha: caminos polvorientos, calles (tres, ni una más ni una menos) empedradas, y tanto silencio como en una catedral. Corrales y trascorrales de piedra vencida o barro, a mi derecha; unas casas habitadas, a mi izquierda. No hay plaza y desemboco enseguida en una encrucijada que la dibujan las otras calles. Y desde allí, el campo, los trigos, los barbechos, la tierra roja, volcánica y crujiente. Los majuelos y los olivares cenicientos al otro lado de la carretera que dejé. Una iglesia chiquita, moderna y, por supuesto, sin historia. Cerrada, naturalmente. Una mujer me está observando desde su casa a través de una puerta de cuarterones y a ella me dirijo pidiéndole ayuda para entrar en la iglesia. Es como yo me la había imaginado, para no más de 15 fieles. Me dice que se llama Salud.

-Salud, ¿a quién se venera aquí?

-A San Blas, mírelo usté ahí.

¡Ah!

Con San Blas, una talla sin valor artístico, no puedo hablar, con Salud, sí. Me cuenta cosas del pueblo, de sus hijos, me pregunta de donde soy, y a qué vengo aquí, si aquí no viene nadie, si hasta los pájaros huyen... Se entrega en cuerpo y alma esta mujer bondadosa.

-Salud, ¿y la gente dónde está?

-Los hombres en el campo, ¿dónde van a estar? Y las mujeres en sus casas, ¿dónde quiere usté que estén si aquí no hay diversión ninguna? ¡Si aquí no hay nadie, mire usté! Yo tengo que estar pendiente de la iglesia porque me lo ha mandado el señor cura, don Nicolás, que si no, no me movería de la silla. Ya me ve usté como estoy, que no puedo andar, y me pusieron Salú.

-¿Y el cura qué dice, por qué no la releva?

-¿Qué dice usté?

-¿Que por qué no nombra a otra persona?

-Nadie quiere, ¡si aquí no va casi nadie a misa!

Se dispara hablando, es una ametralladora de palabras sin ofensas. Cuesta creer que esta persona despliegue su vocación parlamentaria ante un desconocido que no va a volver a ver jamás. Seguramente no tiene ocasión de hablar con nadie. Apuesto a que un pueblo como este, o parecido, inspiró a Rulfo su gran novela. Aquí está Comala, un pueblo fantasma, sin gente viva y sin ilusión.

Y abandono el pueblo convencido de que puede ser éste el más pequeño y el más vulnerable de España. Me llevo la ternura y la generosidad de Salud y el silencio de las calles del pueblo. Un silencio tan hondo que tiene una entidad propia, que existe como algo distinto y con personalidad.

Sólo el vuelo limpio y donoso de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados viejos sin que nadie interrumpiera sus cuitas. Es lo único vivo del pueblo. Me voy triste.

servido por sisapo 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

poinmasia

poinmasia dijo

Hola, Mario, me he venido a pasear contigo un rato, No sé que inquietud me desvela. Pasé toda la mañana de hoy en el Hospital "La Paz", ese inmenso hospital de Madrid donde esperas sentada en los pasillos a que "te pasen consulta". Tu idea de "visitar" las gentes la vivo yo cada vez que me siento en uno de esos pasillos y veo pasar esa procesión de los milagros: llevan todos la faz desnuda, transparente. El viejo resignado, la joven preocupada, el niño somnoliento, la mamá inquieta, el elegante venido a menos o el borrachito a quien las enfermeras miman. El mundo al revés, tierno, frágil, sin ruido. Un abrazo, viajero.

25 Abril 2008 | 02:56 AM

lyam

lyam dijo

hola mario, me di una vuelta por aqui.
sabes yo soy de un pueblo , vivo tranquila, y para mis hijas es lo mejor.
no echo de menos nada que pueda tener una gran ciudad, cuando quiero salgo y visito .

25 Abril 2008 | 10:49 AM

curarme-de-ti

curarme-de-ti dijo

Qué razón tienes, Mario! Hablan mucho más las gentes que las cosas, especialmente en los pueblos, y uno tiene que ir armado sólo de sus ojos, no de mapas que a veces desorientan en lugar de orientar. Pero los que somos de ciudad no nos damos fácilmente cuenta de estas cosas y buscamos más las Catedrales, cuando muchas veces lo bello está en los rincones que sólo conocen algunos. Qué triste tu descripción de ese pueblo tan diminuto de tu tierra, uno se queda con el alma un poquito encogida pensando en el silencio y en la soledad de esas gentes, pero a veces esa misma se puede sentir en una ciudad, aunque estés rodeado de personas. 1 Besiño

25 Abril 2008 | 11:06 AM

jotatrujillo

jotatrujillo dijo

Son muchos los pueblos de nuestra Mancha como el que tu retratas. Y es verdad: el hombre, sus sentimientos, sus latidos, siempre deben estár por encima del paisaje.
Aunque muchas veces, el uno y el otro suelen ser iguales.
Bonita prosa. Tus escritos viajeros (La Alcudia de Cervantes, lo corrobora), son siempre brillantes.
Sabes captar muy bien lo importante de los lugares que visitas y sabes plasmarlo con las palabras justas y una gotas de poesía.
Saludos.

25 Abril 2008 | 12:03 PM

Rapme

Rapme dijo

Pues a mí, me dejas feliz, Mario. Creo que en las 30 almas de ese pueblo hay más riqueza y más vida que en los millones de almas que pululan por cualquier ciudad.
Y te digo lo que hace tiempo que no te decía y tenía ganas de decirte, QUÉ BONITO ESCRIBES!!

FELIZ SEMANA, AMIGO!
BESOS!

28 Abril 2008 | 11:28 AM

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Sobre mí

_________________________________________________________________________________ Mi web:
www.sisapo.es
Mi correo:
unalamillero01@msn.com ______________________________________________________________________________________ Soy un hombre del montón, pulcro y mórbido por el orden. Juego al ajedrez, hago crucigramas, bebo whisky de malta cuando escribo en noches cerradas, desentono en mi boca de lengua torpe algunas arias italianas mientras el agua de la ducha enfría mi cuerpo, pregunto sin pudor lo que ignoro y escucho complacido a los que hablan con sentido común. Los defectos los tengo en mi sitio y controlados y a mis alas no les falta ni una pluma. He sido expuesto a sequías y desmadres con las que he aprendido a convivir. Huyo de las joyas y de las pomadas y soy de conversación corta, fundada y terminante. En fin, un cabo de raza sin atractivos ni brillo. Del montón, ya quedó dicho. ____________________ ______________ contador de visitas
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