UN POETA CALLEJERO
Vaga balduendo por las calles que, anchas o estrechas, largas o cortas, las hace suyas. Va de lado a lado de la ciudad, sin trazado preconcebido, a la manera de la simpleza del animal estabulado, concediendo saludos y sonrisas a sus más allegados. A veces lo veo con el pelo a rape y con luenga barba, y otras con la gracia que le concede su pelo canoso de poder anillar en su nuca una coleta, ni larga ni chica, y un rasurado hecho con esmero. Asalta en la calle a los más conocidos, charla unos minutos y los abandona felices. Porque su conversación es amena y fluida y él es como su parlatorio, de un natural jocundo y gozoso. Por algo es bachiller y de los de antes. En su cabeza siempre vive la poesía. Encadena los versos en su cerebro, que él llama su disco duro, los rectifica o no, y como un papagayo se los aprende de memoria y los recita a los que como yo, se interesan.
Como un perro solitario
callejea la ciudad.
Nada pide, sólo da
lo que cuida en su glosario:
un dispendio de palabras
cabalgando con estruendo
hacia el ser y hacia la nada.
Para él la nada es mucho,
pero lo que tiene da.
Vive en la soledad y en el misterio en un habitáculo precario, carente de la más mínima comodidad. En invierno se cobija con una manta y un brasero de picón, por eso pasa frío y mucho; en verano calor. Aunque ambas estaciones lo condenan, escribe y escribe. Escribe a la luz macilenta de una bombilla si la factura de consumo la ha pagado, o a la luz de una vela triste y exangüe; pero no pierde en ninguna de estas incomodidades su afición a la poesía. Le escribe a la vida, al beso, al mar, que no conoce; al viento, al color, al escándalo, a la policía municipal, al deseo...
Ejerce de opositor porque le gusta dar un aire de seriedad, de decoro y de cortesía a su vida, no olvidemos que es bachiller y culto. Este es su lado de Sancho: un sueldo y un trabajo fácil. Por eso concursa y nunca se presenta: su mundo no está hecho para vigilar o atender un teléfono o esperar ocho horas de trabajo para encontrarse libre. Eso lo sé yo. Él es libre como es ahora y siempre lo va a ser. Es un bohemio; pero también es un Quijote, un remiendo cosido a la sociedad de hoy, una veleta que no sigue al viento.
Físicamente en los huesos está y me da pena verlo cabalgar sin retorno a la inanición, un destino muy poco recomendable. Pero es su vida y así la quiere vivir.
Me lo encontré hace unos días en la calle principal de Talavera.
-A ver, cuéntame, ¿qué es lo último que has escrito?
-Al dios Vulcano. Me lo dice rápido, casi antes que termine la pregunta.
- Pues ya sabes que me la tienes que copiar.
-Si quieres, ahora mismo; la tengo aquí - y se señala su disco duro.
Entramos en un bar, nos acoplamos en una mesa y le pedimos a la camarera papel y unas cervezas. Atada a la muñeca lleva unas cuerdas de colores donde amarra dos lapiceros de punta corta y desliza el elegido hacia la palma de la mano. Con una navajita de unos centímetros, péndula de un llavero, aguza la punta.
-Como ves, estoy preparado para todo.
Escribía manoteando en la mesa y sonriendo a la bondad de sus palabras. Avanzaba y retrocedía como un jugador de ajedrez que pensara la próxima jugada. Hablaba y escribía. Me contaba que el anterior poema lo había titulado “Octubrerizado”, y no se acordaba que ya estaba en mi poder. Se lo recuerdo y me comenta que “ese no vale, lo he rectificado en atención a la métrica”.
-¿Pero cuándo has considerado tú a la métrica?
- Pero ahora sí, estoy cambiando. Lo dice sin convicción.
Me entrega su “Al dios Vulcano” y se lo leo repitiéndole versos. Se entusiasma, sonríe, patalea suavemente el suelo y se da cuenta, no obstante su regosto, que ha omitido tres del centro del poema. Los coloca en su sitio y vuelvo a leer. Y vuelve a animarse. Y vuelvo a leerle.
Lo coloco a continuación según me lo presentó.
AL DIOS VULCANO
Martillazos a la prosa doy
intentando forjar rosas y no cardos,
y... es que...”golpe a golpe”
y... es que... “verso a verso”,
cada verso un golpe, cada golpe un verso,
es como me expreso.
***
Atenazo el hierro del frío lenguaje
y lo pongo al rojo como la cereza
soplando con aire salido del beso
que mi musa Venus
deja entre los labios de mi fragua
que arde con lenguas diversas
según yo me encuentre
en aquel instante.
***
Y golpeo y golpeo y golpeo
sobre el yunque recio
de mis mejores sentires y pensares.
***
Y a mí no me importa,
y a nadie le atañe
si es de día y pronto
o es de noche y tarde.
¡Mi musa me besa cuando le complace!
***
Se llama Antonio Castro Albarracín. Como él hay muchos, bohemios o no. Hay muchos poetas olvidados, desconocidos, ignorados, arrinconados, excluidos. Y también desairados.








_______________________________________________________________________________________
magaterrenal dijo
Muy linda semblanza de Antonio, nunca he visto un poeta que sea burgués y comodón. Hasta los poetas clásicos tenían muchas vicisitudes económicas y de sinsabor amoroso. Será por eso que son flacos. Muy finita su poesía, hasta yo me lo llevaría a un bar jajajaj..
Besos y felicidades por tu nuevo diseño.
28 Agosto 2008 | 02:10 AM