LA BODA DE LAS MARIPOSAS
Un hombre merodea por los pastizales. Ha bajado en larga caminata atravesando la sierra, y por los terromonteros ha pasado tropezando en surcos y terrones. Ha caído y se ha levantado una y otra vez, por eso lleva la ropa blanca y la garganta seca del polvo de su caminar. Y la barba luenga, los ojos hundidos, el pelo hirsuto. El sol llueve sobre su pobre cabeza descubierta. Por donde él pasa, soliviantando su pisar el polvo que cubre el camino cubierto de vapores azulosos, nadie pasa. Ni a nadie ve. Antes del mediodía se halla casi desfallecido. Mira hacia arriba y aquel azul, que nunca acaba, parece que lo va a aplastar.
El hombre no tiene nombre. Llegó a la vera del árbol, lo acogió su sombra fresca y se sentó en la tierra apoyando su espalda en el tronco. Le pareció un masaje delicioso dado por mensajeros del cielo. El sol seguía echado sobre el paisaje como un gato en sueños. Le gustó la sombra fresca. La soledad.
Y comenzó a pensar. ¿Cuántas cigarras habrán llorado sobre la sien de este árbol? ¿Cuántas vidas se habrán gestado y dado plenas? Y su imaginación inventó banderines y flores de papel que colocó en la ramazón, y seleccionó el mejor y construyó en él un escondrijo de pétalos y tallos para las bodas de las mariposas. El pensamiento del hombre –miel de naranjas en chorro por sus dedos hasta inundar la tierra- fecundaban el eriazo el páramo y los baldíos todos. Le gustó la sombra fresca del árbol. Y la soledad. En la hora-sueño de la abeja se durmió y no quiso decir lo que soñó, pero construyó un chamizo, un cobijo para sus sueños. Después consiguió una mujer del color de la tierra, olorosa a floresta. Y le dio hijos.
Y el árbol les dio sombra.
Los hijos empezaron a entender el idioma en que habla la tierra, sus gustos y caprichos, que los tiene, y la cultivaron con fe, hablándole a las semillas, y la tierra le dio trigo para el pan. Los hijos de los hijos arreglaron la casa y los hijos que vinieron detrás pusieron límites a la propiedad. En los papeles había escrito: “Que partiendo de la “Encina de los Pobres”, dos leguas al oeste…” Con tantos hijos se perdió el mestizaje como se iba perdiendo en la corteza del árbol las arrugas de las épocas y se marcaba sin verse el tatuaje de todos los eneros en su interior. Pero nunca se perdió la recomendación del padre que le tocaba abandonar la vida: “Esto de al lado y la casa no lo perdáis nunca”.
- Somos parte de él, padre.
Y el árbol les da compaña y sombra. Y la luna lo cuida a medianoche llevándole con su lucero un brazal de luz y lluvia. Y vienen después los cuatro vientos del mundo para retarlo, darle vida y acompañarlo: el viento del mar y de la algaida que sopla y empuja a los veleros; el que vive en la espesura y en los bosques oscuros y tienen los pies de musgo; el de aquí, el que afila en los páramos sus espolines de frío, y el que se esconde en las veredas solitarias para robarle el sol a los caballos.








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giverny dijo
Un buen relato, muy descriptivo, gracias por compartir Mario. Tibetano estará contento:-)
Besos
28 Mayo 2009 | 09:25 PM