PUDO OCURRIR EN GUATEMALA

Pudo ocurrir en Egipto o en Asiria y la historia hubiera sido diferente. Pero nos quedamos en la Amerindia y en cualquier país de su dominio.
El fraile Paulino, durante días y días de caminar sin saber dónde, en las sombras de la selva se perdió. La selva poderosa lo aprisionó sin piedad, implacable y definitiva. Hambriento, extenuado, abatido y con ganas de morir, se sentó a esperar la muerte. Quería morir allí, en la soledad del mundo y aislado, allí donde el rey de España lo mandó diciéndole que confiaba en su celo religioso para llevar a aquellas tierras la palabra del Señor. Se durmió con ese pensamiento.
Al despertar se vio rodeado por indígenas de rostros impávidos. Los miró con la serenidad que colmaba su alma creyendo que su labor redentora había llegado a su fin. Lo llevaron ante el altar para sacrificarlo y el fraile Paulino asumió con calma que el ara en el que estaba arrodillado iba a ser el descanso definitivo de su ser. Allí terminaban sus temores, sus dudas, su destino.
Pero se le resistió la muerte. Cinco años entre los indígenas le autorizaban a entenderse mal o bien en su idioma. Habló y fue comprendido. Utilizó su talento, su vasta cultura universal, sus conocimientos sobre Aristóteles, para señalar una idea original y atrayente, merecedora de ser considerada, pues el engaño que llevaba implícita les llevaría a sus opresores el miedo y quizá pudiera salvar así su vida. Recordaba que un eclipse total de sol se iba a cumplir en unos días cercanos. Y habló:
- Tengo poderes, puedo ocultar el sol y dejaros sin luz si me matáis.
Hubo una pausa, un consejo, y mientras duró, el fraile Paulino creyó ver en sus rostros sorprendidos su salvación. Y esperó confiado.
Una hora más tarde el corazón del fraile fue arrancado de su cuerpo, mostrado, y festejado el hecho. Corría aún la sangre por la piedra del sacrificio cuando uno de los indígenas recitaba, sin prisa, sin torcimiento de voz, una por una, todas las fechas de todos los eclipses de sol y luna que los astrónomos de la comunidad habían registrado en sus códices sin haber conocido siquiera a Aristóteles.













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fenicia dijo
Muy interesante historia Mario,tanto que me ha resultado corta.
Buena tarde.
Aqui hace un calor inmisericorde.
kisses
17 Junio 2009 | 05:48 PM