CARA DE HOMBRE Y CUERPO DE LEÓN

Es la estatua más grande y famosa del mundo antiguo. Su impasible mirada ha visto desfilar a reyes, mendigos, locos, curiosos, intrépidos viajeros e incluso a toda una corte de arqueólogos y científicos que todavía continúan discutiendo acerca de su origen y significado. Su rostro fue injustamente castigado por los mamelucos, que no encontraron los desgraciados mejores blancos para su fuego de artillería. Siempre sucede, los necios no son capaces de pasar por la Historia sin dejar una huella de su estúpida existencia.
Inspiró a poetas y a soñadores, y su inconfundible figura fue reproducida hasta la saciedad en los añejos salones de la decadente aristocracia europea, como si la magia de su pose fuera capaz de devolverle a la rancia nobleza el esplendor de siglos atrás.
No se conoce como leyenda, está escrito. La estela de Tutmosis IV (la inscripción de la losa de este joven príncipe), mucho antes de llegar a ser rey, agotado tras una cacería se tumbó una tarde bajo la cabeza del gigantesco felino y tuvo un sueño premonitorio. Surgido como de una nebulosa, el Dios solar Harmakis, representado por la esfinge, se le apareció, indicándole que si desenterraba la estatua bajo la que reposaba llegaría a ser faraón de Egipto.
Tal y como nos narra la inscripción de manera literal, una voz le dijo: “Alza tus ojos hacia mí y mírame. Tutmosis, hijo mío, yo soy tu padre, el dios Horakhty keper Ra Aton. Te daré el poder real… la tierra te pertenecerá en toda su extensión…Los tesoros de Egipto y todas las riquezas de los demás países irán a parar a tus manos. Hace muchos años que mi rostro se volvió hacia ti, lo mismo que mi corazón. La arena del desierto sobre la cual reposo me oprime. Prométeme que atenderás mis deseos; porque tú eres mi hijo salvador, lo sé…”

Guiado por esta revelación y acatando las órdenes conferidas en el mensaje onírico, procedió a sacar de nuevo a la luz, tras milenios de olvido, al enorme felino, cumpliéndose años más tarde la profecía de la que había sido testigo. Esta es, grosso modo, la extraña experiencia que tuvo uno de los reyes de Egipto bajo la faz del león, y tanto marcó su vida que la reflejó en la piedra que hoy todavía podemos contemplar.
En fin, mi intención era daros a conocer mi mascota que cada vez que adopta la postura con la que se ve arriba, y es muy frecuente que descanse así, me hace recordar, indefectiblemente, la Gran Estatua de Egipto. Perdonar la broma y quedaros con el texto.








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DACIS DACIS dijo
EGIPTO Y SUS MARAVILLAS, Y MUY CHULO TU PERRO
BESOTES
18 Julio 2009 | 10:11 AM