POR TIERRAS DE LA MANCHA: VALDEPEÑAS
Iglesia de la Asunción
Mi artículo anterior, fruto de un viaje sosegado por tierras manchegas camino de Valdepeñas, ha soliviantado mi espíritu a la par que se ha recreado en la contemplación de la belleza que encierra su campo y en la atractiva finura de sus gentes. Una vez más ha vuelto a quedarse mi complacencia en aquellas tierras a las que le debo buena parte de mi ventura y contento. Estoy intentando excusarme, porque mi intención –que no es nueva- es disfrutar escribiendo sobre La Mancha en unos artículos que, o bien irán apareciendo, o bien quedarán escritos para que cumplan otros menesteres más o menos prosaicos. No toda Castilla La Nueva, que así se llamó en los libros de antes, es Mancha, ni La Mancha debe participar de los caprichos políticos, que, así sin más, engarzan y revuelven unas provincias con otras a la manera de cómo se elabora un potaje abultado.
Ayer hablé de la vendimia, empresa natural y generalizada en La Mancha; hoy traigo a colación un pueblo representativo más por su terreno que por la personalidad de sus calles y por el estilo y genio de sus gentes. Me refiero a Valdepeñas.

Valdepeñas es un pueblo grande, blancuzco, apretado, en suave declive hacia el sur. No es el pueblo “manchegote” al uso, como pueden llevar o han llevado otros este calificativo. Diría más: el mancheguismo de Valdepeñas es, por lo menos, dudoso. Hay una alta Mancha, con capitalidad en Alcázar de San Juan, y una baja Mancha, que se reparte en dos regiones históricas: el Campo de Calatrava y los Campos de Montiel. Almagro y Villanueva de los Infantes –Infantes desde ahora, que así les gusta a los nativos llamarlo- son sus respectivos centros rectores. No está tan acusada ahora la capitalidad de Alcázar, que perdió honores desde que dejó de ser importante nudo ferroviario en las comunicaciones al Levante y al Sur.
Decía que en los linderos de estas tierras históricas se alza el señorío de Valdepeñas. Y obtuvo el título una vez vendido a don Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz, quien lo segregó de la Orden de Calatrava. Es un pueblo nuevo de más de 30.000 almas, y es vividor, laborioso, afectuoso, solidario y culto, cuyos orígenes se desconocen o son inciertos, aunque se le supone que fuera una pequeña aldea al abrigo de un monasterio en medio de campos de cereal, en la tierra de nadie. Es un pueblo de frontera, poco manchego, más bien andaluz. A mí me lo parece. Seguramente sería antaño una concentración de aire proletario, jornalero, que ha vivido con absoluta independencia, y se ha forjado como un tipo de gente que no ha pedido nunca nada y es rebelde por naturaleza. Ahí está la página gloriosa que firmó en la guerra de la Independencia el guerrillero “Chaleco”.
Pregunto a personas doctas de la localidad cómo es que Valdepeñas no figura en las “Relaciones topográficas de Felipe II”, cuando pueblos con 1.000 habitantes –el mío, un suponer-, sí figura, y no aciertan a entenderlo; pero les preocupa, no cabe duda. Nada se sabe de sus orígenes ni de sus peripecias en la Edad Media, ni tampoco de cómo surgieron los viñedos en su tierra roja. Uno puede entender que habría ciertos contactos con Tomelloso y que la progresiva riqueza de sus viñas desbarató su primario urbanismo hasta transformar la población y pasar de rural a núcleo ordenado y funcional. Sin embargo, conocidas las poblaciones limítrofes, se observa que no copió de ninguna de ellas. Valdepeñas no siente el menor deseo de acercarse a ninguna, ni siquiera a Infantes –la separa 30 km- con objeto de aprehender una miaja en sus construcciones. Es su rebeldía congénita. Para asombro de curiosos, las plazas de Almagro e Infantes están ahí, preciosistas en estilo, pero los valdepeñeros, a la hora de proyectar la suya la hacen romántica, de una complexión y fragancia meridionales. ¿No será una prolongación andaluza en tierra manchega a pesar de que los barrancos de Despeñaperros estuvieran interpuestos como valladar? Úbeda, Baeza y Linares están, si miramos bien, muy próximas.
Mi natural inclinación por la Historia temo que me haya hecho desviar de mi propósito lo suficiente como para provocar el desprecio del lector sobre estas letras. Realmente interesa más vivir que recordar - el recuerdo puede llegar a somatizar-, pues el recuerdo es pasado y la vida es presente, es respirar, existir, sobrevivir, ser, estar.
Es en la vida todo
transcurrir natural hacia la muerte,
y el gratuito don que es ser, y respirar,
respira y es hacia la nada angosta.
(Francisco Brines)
Apruebo, por tanto, que en los sucesivos capítulos que intentaré acabar, antes de hablar del pasado me remita al presente, a lo que vive, a lo que respira. Esa es al menos mi intención.












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AVE FX ------ dijo
Unos taquitos de queso Manchego acompañado de una copa de tinto de Valdepeñas, que mejor manera de recibir a los amigos.
saludos
22 Septiembre 2009 | 11:49 AM