LAS TINAJAS DEL VINO

Sigo en Valdepeñas. Es difícil sustraerse a abandonar la población sin dejar de visitar una de sus bodegas, tan representativas de la extensa zona manchega.
En Valdepeñas se hizo la luz y aparecieron las ubérrimas cepas entalingadas en el océano rufo de sus tierras. Por algo es la capital del vino esta urbe grande, modernizada, con grandes avenidas, buenos edificios y colocada en la línea cultural de Ciudad Real: biblioteca, exposiciones de arte, certámenes literarios, tertulias poéticas y una luz y un color en los que se presiente Andalucía.
Aquí se producen ingentes cantidades de vino blanco, menos de vino tinto. Pero el buen tintorro es el primigenio caldo valdepeñero, pregonado en su día a lo largo y ancho de la Península. En el Madrid de antes se enseñoreó en las tabernas porque se le encontró con buen paladar, y posiblemente también cuando los vinos de Móstoles resultaron de cosecha escasa para abastecer el mercado madrileño. Vino de Valdepeñas… ¿En cuántas tabernas no hemos leído este anuncio? Hoy es otra cosa, todo en el devenir del tiempo, todos los acontecimientos sociales, han contribuido en la profesionalización de la industria, de tal manera que ahora se elabora un vino excelente que cualquier sumiller se precia de recomendar en sus cartas de vinos.
Me distraigo: quería hablar de las bodegas y para eso hay que visitar una de ellas. Se pide permiso, se entra y punto, así es de hospitalaria esta gente, que obsequia con prodigalidad y gentileza a sus visitantes.

La tinajería ha dado origen a una industria marginal a la del vino: la de una alfarería sin torno. Resulta raro que así pueda parecer, puesto que en todos los alfares hay un torno para trabajar el barro; pero en las tinajas no hace falta, son descomunales y no se trata de realizar una fina labor de cerámica, como la de Talavera de la Reina. El procedimiento es primitivo. A mano, como el buen calzado y el buen chocolate. A mano y sin más ayuda que una espátula, herramienta suficiente para moldear estas enormes tinajas valdepeñeras. Cuando la tinaja ha sido conseguida, al horno, y pasados ocho días y untado su interior con pez, quedan prestas para alojar cada una a quinientas arrobas de vino.
Hay bodegas decimononas y otras de más reciente construcción; unas, todavía con tinajas de barro, y otras con recipientes de hormigón armado. Se elaboran en estas cavas, amén de los vinos, mistelas, vinos de misa, vermut, alcoholes y vinagres. Ahora es el tiempo en que andan los maestros cuberos a colocar en las pipas los rodeletes. Hierve el mosto y de las fustallas escapa el rumor semejante al de la lluvia mansa sobre una alfombra de hojas secas. Se expande por la cava un aroma goloso como de vinagre edulcorado.
Ahora sólo se escucha el murmullo de la fermentación.







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jotatrujillo dijo
Gracias, amigo Mario, por seguir recordando pormenores de mi Valdepeñas.
Hoy nos hablas de las tinajas, esa "bóveda vertical, panza desnuda/canguro de la copla y de la idea".
Tus palabras me traen recuerdos de tardes a versos, al amparo protector de esas tinajas, cuando el vino fluye lentamente abriendo las espitas del placer de la amistad, de la palabra bien dicha, de la "solea" que nace en los entresijos del dolor y la pena. Tardes en el que un "corrillo", en el ágora con columnas horondas de barro y promesas, hace que se paren los pulsos y los latidos tengan solemnidad de campana y rito.
Gracia, amigo Mario. Desde esta distancia con sabor a envidia, me has trasportado a esa bodega, ahora rumorosa, pero siempre dispuesta a calmar la sed del que a ella se acerca.
Comparto contigo una "cintilla" y un abrazo.
29 Septiembre 2009 | 01:17 PM