POR TIERRAS DE LA MANCHA: VILLANUEVA DE LOS INFANTES I

Ahora me encamino hacia el sureste. En tan sólo 30 km. me hallo en Villanueva de los Infantes –en adelante Infantes, que me hace suponer que así es ya reconocida oficialmente esta población-, cabeza de partido del Campo de Montiel. Para situar al lector le digo que se encuentra en el suroeste de la provincia de Ciudad Real, a 90 km. de la capital y a unos 40 km. de las lagunas de Ruidera.
Fue bautizada por los hebreos esta primigenia localidad con el bello nombre de Jamila. Diviso de lejos esta Villa cuatro veces infanzona, porque cuatro fueron los hijos de Fernando “el de Antequera” los infantes que le dieron a la villa libertad y brío. En su encuentro me sale al paso, confinante, el arroyo Oregón que baja desde los Campos de Montiel al Jabalón, pegado ya éste a Infantes. No debía ser la vida de antaño un lecho de rosas, ni la Historia está desprovista de nombres manchegos que cruzaran la mar en busca de cualquier aventura vital, para llegar a la conclusión de que alguno de nuestros héroes manchegos le pusiera el nombre de Oregón al río que luego ha sido llamado Columbia y ha dado nombre a un estado americano. Alguien dirá que es de locura pensarlo, pero por allí y mucho más al norte costearon goletas reales enviadas de descubierto con fines estratégicos. ¿Y no podrían haberse embarcado algún lugareño en ellas? Pues, miren, mientras no se demuestre lo contrario yo seguiré soñando con esta bonita historia de ficción, creyendo en la íntima relación del arroyo manchego y del gran río americano.
De todas maneras, aquí en Infantes la ficción y el mito van juntas. En Valdepeñas pregunté por algún mito y me respondieron que los mitos estaban en el cercano Infantes, donde murió Quevedo. Buscándolo, mi siguiente paso fue venirme aquí. Quevedo tuvo su tránsito en una celda del convento de los dominicos y fue enterrado en una capilla de la iglesia de San Andrés. Don Manuel Ruiz Zorrilla, el “Parisién” se llevó a Madrid los restos del escritor y organizó con ellos una procesión cívica hacia el Panteón de Hombres Ilustres, pero como nadie le hizo el menor caso, volvió por sus fueros y tornó con los huesos al sitio donde reposaban. Don Francisco ciertamente murió aquí, en este mismo sitio.

Sus huesos estuvieron en el presbiterio de Santo Domingo hasta que un sepulturero los mezcló en una fosa común, a mediados del siglo XIX. Y hasta que en 1950 unos universitarios pusieron allí una lápida, nada conmemoraba el hecho de que detrás de aquellos dinteles reposaban sus huesos mezclados con otros de labriegos y de soldados. Los huesos de aquel hombre que hizo brillar a España como un sol de gracia, de poesía y de espíritu. Aquellos huesos que
Serán ceniza, más tendrán sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.

Volvamos atrás, al Quevedo en vida, pues bien merece un comentario breve. Don Francisco de Quevedo se retira a La Torre de Juan Abad después de ser hecho prisionero en Madrid por denunciar la política del valido Conde-Duque. Con la caída del De Olivares, Quevedo, achacoso y vencido, es puesto en libertad, abandona la Corte y se retira en La Torre de Juan Abad, localidad cercana a Infantes. La abandona “desnudo de vestidos y vestido de Dios” para rendir sus días, tan apasionados, tan poblados de espíritu, tan turbulentos, en el convento de Santo Domingo de Infantes, como ya se dijo.
Giremos ahora una visita.

Desde la torre de la iglesia mayor de Infantes, a la que subo invitado, se divisan los campos de Montiel. En un carcavón de la meseta se ve un oasis de ese verde oscuro de los chopos negrales donde tiene su asiento la finca Fuenlabrada. En esta finca se ha contado por escritor de fina pluma la celebración de las fabulosas bodas de una hija de Juan Pérez Canuto, un villano de la comarca que casó a la moza igual que a una duquesa. A esa boda asistió al parecer un hombre entristecido y bondadoso, que le puso a su vida amarga el decoro de su fantasía de poeta y que años más tarde escribió, en el mejor libro escrito por pecadores, el capítulo de las bodas de Camacho.
Desde la torre se divisa también el mogote del castillo de Montiel y uno se atreve a adivinar el camino por el que llegó a la Villa don Fernando de Castro con el cadáver del Rey de Castilla, muerto por la traición del bastardo.
Desde la torre se divisa igualmente el báquico océano del vino, una sabana cubierta de pámpanos que se me antojan barnizados por esta lluvia cernida que bautiza a los afanosos jornaleros.
Pero el mito de Infantes no sólo es Quevedo…







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lasrecetasdeteresa dijo
Hola Si que es bonito este pueblo estuve a visitarlo hace dos años y me gusto mucho. Pero gracias a ti ahora se un poco más de el gracias. Besitos.
2 Octubre 2009 | 08:18 PM