UN PINTOR DE TOMELLOSO
ANTONIO LÓPEZ TORRES 
No sería yo de buena familia si dejara de mentar, y lo hago con especial cariño, a uno de los hombres ilustres de Tomelloso. Me refiero al pintor Antonio López Torres, tío del también pintor y mundialmente conocido, Antonio López. Mi pasión por este arte me llevó un día hasta su casa, conociendo que a su salud la perseguía un dolor oscuro y temeroso. Me recibieron sus dos hermanas con exquisita atención. Pero a él no pude verlo: está grave y está descansando, me dijeron. En la pieza principal de la casa se recostaban en las paredes multitud de cuadros, unos terminados, otros a punto de firmar, otros para restaurar. Ahí vi en detalle muchos de los lienzos que hoy lucen en el museo que lleva su nombre en Tomelloso. Días después de mi visita, no muchos, murió con 85 años cumplidos. Era un noviembre de 1987.

Murió un pintor que quiso ser pintor, únicamente pintor. Ni pecador ni pícaro, porque los pícaros y pecadores carecen de humildad y de gracia para el pormenor y la diligencia del trabajo diario. Tampoco rico, los ricos han caminado muy lejos de su sentimiento. Sencillamente, plegó sus alas sin decir ni pío, y como una tímida alondra de los campos manchegos, nos dejó.
Pasó tanteando la luz para que la luz se condensara en los fraternales objetos de sus lienzos. López Torres ha traspuesto los umbrales del paisaje manchego, pues fue pintor de pueblo, pintor de paz, pintor de luz. Los efectos lumínicos perseguidos por su pintura se logran en ella mediante un sabio uso de los pigmentos y la coloración.
Si el paisaje manchego lleva consigo la idea de un páramo monótono, llano, pedregoso, socarrado por el sol, sin fuentes ni árboles… donde los demás no vemos más que rastrojos requemados, Antonio López nos descubrió que en La Mancha perviven colores purísimos, verdes irisados, violetas suaves, amarillos vibrantes y grises de una finura que nos desconcierta.


Continuador de la pintura clásica, este artista, siempre retirado en Tomelloso, ha hecho de sus entornos unos espacios que, de tan serlo, ya no son ellos mismos. Siempre pintando su tierra y sus gentes, fue un huido de los fulgores externos; no quiso saber nada de cuanto ocurría más allá de la raya del horizonte del sitio de su nacimiento.
Las casas, los rastrojos, la vendimia, los otoños, los rebaños, siempre declinan perdiéndose por la hoguera del poniente. Pero ahí estuvo Antonio López Torres para perpetuar la cotidianeidad de las cosas manchegas que unas no, pero otras ya se nos han quedado a trasmano.


Antes de emprender una nueva ruta entro en el casino, ese edificio blanco de la fotografía inicial, un lugar en el que un buen día conocí y saludé al escritor Francisco García Pavón, un personaje obsesivo por construir una teoría del paisaje manchego, que desde la órbita de lo literario se llena de implicaciones pictóricas. Un hombre ilustre que lo intentó fijar poéticamente con la finalidad no tanto de plasmar una realidad como de entender lo que dicha realidad esconde y alienta.

Dibujo del pintor por Antonio López
Me voy de aquí recordando a los grandes hombres que Tomelloso ha dado.









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dawn dijo
muy , muy interesante tu relato y la visión que nos ofreces del pintor.
un saludo
21 Octubre 2009 | 11:21 AM