POR TIERRAS DE LA MANCHA: LAGUNAS DE RUIDERA II

Como ya dije, me sale al paso Ruidera, un pueblo de aire ilustrado con poco más de cien casas, agrupadas, como un burgo en torno a un castillo, alrededor de un caserón que no oculta su noble linaje: los cartabones y el compás de don Juan de Villanueva. Carlos III, el mejor alcalde de Madrid según las crónicas, mandó acá al arquitecto Villanueva, que levantó puentes y edificios. Queda uno de ellos, un caserón que es una vieja fábrica de pólvora, abandonada y destartalada, que ocupa el mismo lugar que hace siglos ocupaban unos molinos de la Orden de Santiago. De lo que fuera patio de rosales y de arbustos de diseño no quedan ni escaramujos; de lo que fueran atarazanas del salitre, el carbón y el azufre con que se hicieron las últimas pólvoras imperiales, no quedan ni las caries.
Hoy Ruidera es una aldea montaraz que vive mucho del turismo y en la que los nietos de los nietos de los que nutrieron las santabárbaras de Trafalgar le pintan mayos a las muchachas en las paredes de cal de las casas. Todo pasa; todo, menos el rumor del agua.

El Guadiana, que se divierte jugando a saltar lagunas y hacer cascadas antes de esconderse por los predios de Villacentenos, salva trece de ellas y dos charcas, antes de volverse manso y vergonzoso; tan afrentado por sus ruidos baja que se ocultará por la heredad de La Membrilleja, citada y contado en el capítulo anterior.
Realmente estoy en mi gloria cuando tengo delante las lagunas de Ruidera. Pero, ¿quién dijo lagunas? Son quince hoyas escalonadas a lo largo de 25 km.; son lagos pequeños de aguas profundas, transparentes y corrientes. Es un paraje único el de estas caudalosas y permanentes aguas. Y raras son por cuanto se dan en la altiplanicie manchega con uno de los climas más extremos y secos de la Península.

¿Quién te nominó, que tan bien atinó? El ruido producido por la caída del agua de una a otra laguna es posible que a algún labriego o pastor se le ocurriera hablar de “La Ruidera del Guadiana”. Que ya es ruido desde el Cuaternario en esta región denominada en otro tiempo como Laminitana. Para un español de tierra adentro es siempre un goce el hallazgo del agua. Y encontrarla en este rincón lleno de paz, más si cabe. Está feo decirlo, pero éste es un lugar impar y novelesco, uno de los lugares más bellos y silenciosos de España. Y extraños. Un cintillo maravilloso, una tras otra, engarzadas por canalillos, cascadas y puentes naturales. Talladas en la roca caliza adquieren una forma circular o elíptica. Una correntía de agua sin solución de continuidad pasa y se remansa en lagunas y charcas merced al divertimento del Guadiana, unidas todas por una carretera. Las lagunas se llaman la Cenagosa, la Coladilla, la Colgada, la Batana, la Salvadora, la Redondilla, la Tinaja, la Corneja, la Blanca, la Lengua, la Sampedro, la Santo Amorcillo (¡ay!, siempre los diminutivos preferidos de por aquí), la del Rey (dos kilómetros de eje mayor)… Las charcas, la Escudera y la Nava del Caballo.


Si el viento azota (las conozco en todas las épocas) en la superficie se forma marejada. Un rumor de minúsculo mar caracolea entre las rocas y rompen las ondas sobre las orillas remedando maretazos. Con lo que le gusta al español de tierra adentro navegar, ¡cuántos pensamientos se habrán deslizado por estas lisuras y rizados!

Es un paisaje cerrado y de vegetación palustre circundando las lagunas: carrizales, espadañales, juncales de bajo porte (junco churrero); más allá, álamos, chopos, sauces, majoletos, zarzas, rosales silvestres, vid silvestre, cornicabra, quejigos…; es paisaje cerrado pero no de altas montañas, sino de breves y azuladas lomas y mogotes en el que las encinas ponen el verde sucio, y el amarillo los chopos de las riberas. Con el sol estos pantanos cobran irisaciones y una gama de entonados dorados o grises o azulados o verdosos le hacen parecer un topacio, o una perla, o un zafiro, o una esmeralda, según el capricho de la toba. El cielo gris le presta belleza melancólica. Perfuman las sabinas y flota sobre las aguas un silencio augusto al que sólo quiebra el grito de los grajos que vuelan en bandada. Juegan los patos en sus aguas frías. La vida está detenida pasado el verano, y sólo en Ruidera trajina el vecindario a la sombra de las ruinas del edificio de Juan de Villanueva.




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poinmasia dijo
Hola, Mario:ciertamente, hermoso lugar ha de ser. !Qué bueno que aún se conservén esos "charcones" y no se hayan mermado hasta casi desaparecer como otros humedales interiores. Acabo de llegar de "los lagos", en el centro de esta ciudad de Xalapa: varios estanques medio encharcados por donde transcurre una corriente de agua que atraviesa la ciudad. En este domingo lleno de sol después de varios días de niebla y lluvia daba gusto pasear por allí. Si, me quedaré varios meses. Así que sigo tu consejo e investigo la primera "creencia" que me sale al paso. "Hay que poner una planta de aloe junto a la puerta con lacitos rojos". ¿Pourquoi? A ver qué me dicen. Chao, caballero.
29 Noviembre 2009 | 08:45 PM