POR TIERRAS DE LA MANCHA: ALCÁZAR DE SAN JUAN I

Plaza Mayor de Alcázar
Me dejo atrás Membrilla y Manzanares y entro en Alcázar de San Juan por la carretera que viene de Tomelloso. Me detengo para observar en mi caminar los alcores alcazareños. Se les ve en las pardas crestas, indiferentes y blancos, atalayando las vaguadas y la inmensa llanada sin confines. “La tierra se va haciendo tan plana que el viento podría llevar una uva rodando desde Alcázar a Campo de Criptana”. Son palabras de Víctor de la Serna.
Es conocido que los molinos constituyen entidades consustanciales del paisaje manchego desde que Cervantes imaginó, sin duda en la batida loma de Campo de Criptana, la aventura inaudita de Don Quijote. Me da en creer que Cervantes pensó en el exotismo de esos gigantes y primero discurrió y después lo apuntó en papel. Es muy posible que antes de los Austrias no hubiese molinos en los cabezos pelados. ¿Se trata de una penetración flamenca en estas tierras? ¿Influyó lo flamenco? La pintura flamenca influye en la nuestra (me estoy desviando, lo sé; perdóneseme el lapsus) a lo largo del siglo XV, Felipe II la goza con los cuadros del Bosco y fue este monarca, que no Juan de Herrera, ortodoxo del Alto Renacimiento, introduce en las construcciones más o menos oficiales el chapitel austero y pizarroso. Al margen de sus valores arquitectónicos, los molinos de La Mancha son, desde Cervantes, una egregia categoría literaria.
Cuando yo era asiduo visitante de Alcázar, me contaban que el Ayuntamiento de Barcelona reconstruyó uno; que una actriz afamada era propietaria del “Doncel” y llevaba a sus discípulos a ejecutar representaciones teatrales en este escenario; que el “Rocinante” pertenecía a un dirigente austriaco experto en turismo; que Tico Medina se reunía con los cofrades de la Orden de Sancho Panza en otro molino erigido para estos eventos: trasiego de vinillos y degustación del lechazo…, poca cosa: diversiones minoritarias que servían para solaz de extravagantes e imaginativos.
Pero contaré un hecho, ya olvidado, que levantó ampollas entre los intelectuales de Alcázar y Argamasilla de Alba. Resulta que en Alcázar y en el archivo parroquial de Santa María se conserva la fe de bautismo de Miguel de Cervantes. Y hay una placa sobre la pila de cristianar que dice que allí bautizaron a don Miguel de Cervantes Saavedra. Y dice el documento escrito que Miguel, hijo de don Blas Cervantes y de doña Catalina López, nació en esta ciudad de Alcázar y fue bautizado el 8 de noviembre de 1558. Por otra parte, Miguel de Cervantes dio sus primeros llantos en Alcalá de Henares y lo cristianaron como hijo de don Rodrigo de Cervantes y de doña Leonor de Cortinas, en Santa María la Mayor, el 9 de octubre de 1547. Tanto los alcalaínos como los alcazareños lo tiene por paisano suyo. Y aunque el revolico creado se saldó oficialmente a favor de Alcalá de Henares, los de Alcázar no se resignan y se mantienen en sus trece. Y hablando de iglesias, conviene no perderse por la ciudad sin visitar la de Santa María (siglo XIII), la más antigua de La Mancha después de la Reconquista, y enlosada con cerámica procedente de los alfares de mi Talavera de la Reina. Hay otras, pero yo quería dejar constancia de ésta por aquello del paisanaje, que contemplar el barro pintado y bruñido, salido de Talavera, pues que emociona, qué quieren que les diga.
Yo ni entro ni salgo en este pleito de más arriba, pero me viene un pensamiento, hoy que estoy lúcido. Analicemos. Si Cervantes vio la luz en 1558 y la batalla de Lepanto, en la que participó y quedó manco, tuvo lugar en 1571, parece muy probable que Cervantes fuera alcalaíno, pues a la tierna edad de trece años ¿cómo es posible que acudiera a tan descomunal combate? Pues oiga usted, en los ejércitos de antes ingresaban en ellos niños que oficiaban de cornetas, por ejemplo; y en la Marina, de grumetes, machacantes, pajes, donceles… ¿Oficiaría de turuta el alcazareño?
La casa donde se dice que nació en Alcázar fue demolida y en medio de la indiferencia general, sólo los cervantinos lloraron la pérdida de estos muros.
La Mancha es una tierra de extrañas paradojas.
Es la hora de comer, me apetece un galiano.
¿Gustan?







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He estado a punto de morirme Pero ha valido la pena dijo
Parece un lugar tranquilo donde alejarse de la ciudad, saludos.
8 Enero 2010 | 10:36 AM