POR TIERRAS DE LA MANCHA: ALAMILLO I

Valle de Alcudia
Alamillo,
lugar del lagarto
y de su pieza:
el grillo.
¡Qué grandeza
la retama
y el tomillo
del Gran Valle,
donde la encina,
arborea de belleza
peregrina,
invade señorial
la gran llanura,
¡espesura del grandioso
vegetal...!
Las predicciones del tiempo no indican nada bueno para los caminantes. Las inclemencias se alían y los informadores recomiendan tener cuidado para estos días, que se esperan sean muchos y alimentados por una borrasca tras otra. De manera que ante este plan decido salirme de la regla y abandono pitando el campamento de Criptana.
Así es, y con estas propuestas de tiempo inestable y duro torno a mi pueblo, ni lejos ni cerca, esperando que acampe el temporal. Atravieso el valle y a sus confines llego: ahí está Alamillo y mi casa, donde nací. Nieva a gusto. El campo es un lienzo albo, las casas, ya de por sí blancas, esconden el siena de las viejas tejas bajo la nieve y le confieren al pueblo un aspecto albugíneo que se me hace terminal. He salido del corazón de La Mancha.
Mi casa de Alamillo
La Mancha no es La Mancha. La Mancha es una llanura plana, interminable y recta. Es un pandero blanco sin manchas verdes; es blanda y crujiente como un hojaldre, distinta de otros días y de otros tiempos. Hoy La Mancha es otra, sin olor a tierra, sin polvo en los caminos, sin azules intensos ni violetas prolongados en sombras audaces sobre el rubio paja. Ay, como se añora un sol tímido y amable que rompiera el cielo, un sol acogedor; un sol dadivoso que marceara en pinitos breves y otorgara una calidez rutilante sobre la nieve. Un sol que surcara sin hollarlos los ventisqueros de forma de ola machacando en su porfía de dorarlo todo. Es imposible, la naturaleza está brava desde hace muchos días. Este es el sol que copió Arnold Boëcklin en un cuadro de leños abandonados en la espesura de la nieve y en el de viejos que sorben el sol, que lo acaparan y lo incorporan a sus vidas curvadas.
Con mucha preocupación me he desviado de la carretera para tomar la del Valle de Alcudia, al que atravieso pasándolo justamente por el lomo. El encinar, inmenso y blanco, se pierde ante mi vista. La tierra, otrora explosión de pastos alimenticios hoy es sabana de dulces promesas. La cigüeña negra y el cuervo negro son más negras aún sobre el blanco puro de la nieve que lo ha invadido todo, que todo lo ha nivelado. Hasta mi mirada se me pone blanca en esta mañana nívea y fría. Si me detengo e invado sus dominios, el zapato se me entierra, la más liviana presión de mis pies sobre la nieve la hace espuma doliente. Las ruedas del coche son las quillas incisivas de un barco de vela que va abriendo surcos canallas sobre la blancura. Mil veces pasando por aquí y mil veces mi recorrido es emocional, no de ver de paso, que apenas nada vale, sino de estar –estar con tranquilidad- aunque sea sólo unos minutos, pero parándose y dejando que el paisaje penetre en nosotros que es la forma más auténtica de gozar la esteticidad de las cosas que pretendemos aprehender y fijar en nuestro recuerdo.
El valle se acomoda entre las sierras de la Solana y la de la Umbría, y al abrigo del alto espinazo de la Sierra Madrona, una más de la cantada y bandolera Sierra Morena. Este Valle de Alcudia extiende sus pastizales, que antaño fueron idílico destino de rutas trashumantes y fértil paraíso de ganado lanar y hoy pertenece más a la literatura que a la vida, a través de 112 kilómetros de longitud y una anchura de poco más de 60 kilómetros. Encinas aquí y allá, los abrevaderos naturales de las charcas, helados. Aquí emergerán pronto las hierbas vigiladas por la cohorte interminable de encinas. Los árabes, que fueron los primeros que ocuparon el valle y lo redujeron a una comarca independiente, hostil e irreductible, lo denominaron la Balalita, o lo que es lo mismo, Llano de las bellotas; un territorio tan peligroso, inseguros y desamparado que siglos más tarde se precisaba una escolta de arcabuceros para atravesarlo.
Me place volver a hablar, al hilo del arbolado, de una superviviente del poblado encinar, un ejemplar ya mítico, esmeradamente cuidado por el organismo oficial competente y mimado por los visitantes, conocido como la encina milenaria, encina bonita o la encina de las mil ovejas. Y es que su sombra, tirando de aritmética, las ampara. En dehesas como esta se inspiró Longo de Lesbos para escenificar en magnífico paisaje arcádico y pastoril a dos adolescentes apasionados e ingenuos que despiertan al amor y al erotismo: Sentados sobre el tronco de una encina uno cerca del otro y saboreando el gusto de los besos apuraban insaciables este placer.
Mañana más.










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abril-ale dijo
Mario, siempre un placer leerte.
Buen fin de semana...besitos. =)
26 Febrero 2010 | 07:44 PM