UN OCASO PARA ALMAS
Arroyo Grande y Burcio al fondo
El Burcio es la Ítaca que siempre alivia el cansancio de mi alma peregrina. Patria mayor de mi infancia donde la luz conserva todavía aquella transparencia de los orígenes. Diáfana sigue. Los chaparros han ido colonizando la escarpa robándole sitio a la tierra anaranjada y coralina, plana como un pandero, ancha y larga, pelada y soleada, sin más veste botánica. Tierra campa, pura gleba, de linderos visibles. El ventarrón engendra una soledad angustiosa y temerosa como una noche honda. Luce desde aquí un Alamillo en todo su esplendor, en toda su magnitud, en toda su belleza. Aparece encamado en la suave ladera de uno de los collados que frecuentan el llano con una elegancia irreal, como una de esas ciudades del fondo de los cuadros de Bruehgel. Belleza de cromo. La planicie, aunque viene perdiendo autoridad a medida que se aleja de La Mancha y se aproxima a Alamillo, tiene los cielos muy altos, se acortan las líneas del horizonte y se vuelven curvas, como si el paisaje se hubiera cansado ya de su propio infinito. En el Burcio empieza o termina el Valle de Alcudia, según se vaya o según se venga, y el paisaje cambia radicalmente a partir de estos pagos; porque a la espalda del cerro –cambio mi posición pisando su dentadura de viejo noble- se me muestran los campos de olivos que serpean por la sierra plomiza en un gris plateado que dimensiona el horizonte. Trasponen hasta el valle hermano cordobés de Los Pedroches levantando de sus troncos atormentados una nube baja de ceniza de la que depende en gran parte la economía de la zona. Es el olivar magnífico que se aleja del cerro volteando las lomas.
Pero la magnificencia del panorama se halla por el ocaso, por donde se pierde la vista entre la breña, la encina y el olivo, y el sol se escapa cada día llevándose por entre los montes, luces formas y colores. Sigo su descenso hasta que deja, como en una retirada bélica, huellas de sangre en un cielo acerado. No es el primero ni será el último, pero yo he contemplado desde aquí crepúsculos que me han hecho enmudecer. Son tan bellos que hay una hora en Alamillo que sólo puede pertenecer a Dios. Es la hora que precede a las sombras de cada día y que hace creer que este es un territorio que sólo debería estar habitado por almas. Debe ser una de las pocas zonas del planeta donde el cielo tiene más valor que la tierra.










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abril-ale dijo
Mario, siempre un placer entrar a tu casita y disfrutar lo que nos dejas.
Un abrazo fortísimo. =)
26 Mayo 2010 | 01:33 AM