EL GIMNASIO
En el barrio hay una plaza con una rosaleda que da gusto verla, un kiosco de pipas, bancos de teca, sombras de acacias y castaños para disfrute del visitante, un chino con su cámara fotográfica, un bohemio dibujando la fuente cantarina... escenas normales. Y alrededor, entre tiendas y portales, un gimnasio.
- Mira Inocente, te puede venir bien distraerte en este gimnasio. Una hora diaria de ejercicio te hará olvidar muchas cosas que aún quedan pendientes en tu cabeza. Vamos a entrar y preguntar.
La primera persona que vieron fue a una joven que confundieron con la mujer de la limpieza, o así le parecieron, dado que manejaba el cubo y la fregona con demasiada soltura. Aquello estaba solitario y triste, como si el interior lo hubiera alanceado con crudeza el espectro de la crisis. Muy pocas cosas se mueven en el local, algún que otro matándose a abdominales, una jubilada adicta a los estiramientos y dos chicas levantando mancuernas mientras la licra de las braguitas se ajustaba a las zonas más deseadas. Nada más.
- ¿El encargado?
La joven se estremeció, se le cayó la fregona de las manos, dio un brinco, y el agua sucia se desparramó por el suelo de la misma manera a como la ola se adueña de la playa. Quizá pensó en una inspección de Sanidad o de Hacienda. Esta joven, de aspecto claramente latino, llevaba el ritmo y el fuego metidos en el cuerpo, y mi amigo Inocente me hizo un guiño para advertirme si yo adivinaba cuál de ambas armonías mandaba más en su cuerpo. Valía la pena contemplarla. Por lo demás y por lo que se ve, allí no cabía la figura de un encargado, sólo preceptuaba un matón trastornado, un orate desquiciado, donde refugiaba su existencia golpeando aparatos mientras vigilaba el recinto por cuatro perras. La chica de la fregona nos llevó hasta él a la sala de musculación, donde se ejercitaba, y moviendo el cuello de aquí para allá y columpiando la cadera con estilo, le dijo a mi amigo mirándole a los ojos, tocándole los hombros y sublevando la boca hasta alterar sus labios bovinos y pronunciarlos hacia fuera con movimientos sutiles:
Aquí lo vas a pasar mejor de lo que tú crees.
Mi amigo Inocente se descompuso, le entró lo malo, con descortesía separó de sus hombros las manos de aquel gorila, y me dijo:
- Vámonos de aquí.
Ya en la calle, más tranquilo, apuntó:
- ¡Lástima de lugar, porque la que limpiaba me hubiera hecho un hombre!






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fenicia dijo
Encantadisima de leerte!!
Besos mancheguico
16 Mayo 2011 | 06:59 PM