LA DIVINA
Huye de las cafeterías barrocas de los barrios chic, de aquellas que presentan aperitivos historiados con el vermú del mediodía, por eso prefiere el extrarradio, donde con frecuencia se aposenta en una terraza silenciosa animada por una brisa dulce. Mientras se toma un par de cervezas se lee la prensa. Así va destejando su vida mi amigo Inocente.
Mira en derredor, apenas nadie y lo que ve sin provecho ni interés; total, una mujer mirando su reloj mientras toma café, como esperando la hora de la salida del colegio, dos jubilados hablando de las hazañas de José Tomás, y una pareja de novios más interesados por la soltura de sus manos que por el amor. Pero este clima anodino lo rompe la llegada de una espléndida mujer, elegante, estilosa, que, sentada junto a él, pide una bebida energética, la que toma la basca para aguantar las noches frenéticas, o las amas de casa en un descanso de sus faenas para que puedan tirar de su cuerpo y de su alma hasta la noche. Esta mujer que llega no es de esas, no encaja en este ambiente, no es de aquí. Se mueve lenta, gatuna, y mi amigo Inocente prevé que asoma en ella una clara tendencia hacia el hombre hecho y derecho.
Mi amigo, que ha caminado por mármoles y rastrojeras, no se le despinta el paisaje y la aborda:
- ¿Te importa si te hago una pregunta?
- Prueba.
- ¿Intercambiamos los números de los móviles?
Lo miró astuta, sagaz, y le expuso con autoridad:
- Siempre te llamaré yo, le anunció esta diosa zanjando la conversación. Es una de las reglas del juego. La otra es no preguntar nada nunca jamás.
Subió a su coche y desapareció.
Una semana más tarde, cuando aún le rondaba el encuentro la cabeza, le llamó desde un número no identificado. En tu domicilio, siempre será en tu domicilio, le volvió a repetir la misma frase que utilizó en aquel superrealista encuentro. Ella lo visita cuando le apetece y llega vistiendo trajes impecables que en más de una ocasión le ha dado por pensar si recibe a una sastra o a una puta. Beneficiarse de un cuerpo así, tan soberbio, lo llevó a la conclusión de que se trataba de una prostituta cara, de esas que solamente asisten a citas si son en hoteles de lujo. O bien que le faltaba las manos expertas y el bien hacer de un hombre como él, como suponía que podría ser él. No había otra explicación a tanto secretismo.
Pero lo mucho cansa, debió parecerle a mi amigo, a quien, después de varios meses, le pesaban las incógnitas, los sigilos, las reservas de una hembra que le iba dejando un regusto amargo. Y cuesta abajo en la pendiente iba, cuando en una cafetería Lizarán -pinchos a elegir a dos euros-, vio entrar a la divina. Se ocultó como pudo y observó que iba escoltada por sus cuatro hijos y un gallardo marido, alto y calvo. Lo que vio fue suficiente para tomar la determinación de salir de su vida. Tuvo tiempo de pensar en su profesión y no acertó, una vez más, a descifrarla.
Cambió el móvil de inmediato. Nunca la volvió a ver.
- ¿Nunca?
- Nunca. Esa mujer, a la par que magnetiza, sobrecoge.
Así me contó mi amigo Inocente este episodio en un paseo por El Retiro.





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Manoli Panizo Ollero dijo
¡Genial ! Me encanta como escribes
31 Mayo 2011 | 01:16 AM