16 Septiembre 2009
... Y LA VENDIMA
Ya ha entrado el otoño. Como una visita sin cita previa se nos ha presentado por estos predios. Ha bastado un día completo de lluvia, el de ayer, para hacernos cambiar la perspectiva sobre el tiempo. El cielo se ha tornado turbio y cenizo. El agua se derrama por la campiña, cuándo mansueta, cuándo haciendo estragos en imprecisos y alocados turbiones. Está blando el terreno, embarrados los caminos. Siguen los pájaros trinando en las arboledas, pero ahora ateridos de frío.
He viajado recientemente a Valdepeñas, capital del vino manchego en el corazón de La Mancha. Los pueblos de la provincia de Ciudad Real son grandes y están muy distanciados unos de otros. Se ha pretendido explicar este fenómeno de las distancias con el hecho de que no existe el minifundio, que las plantaciones, destacadamente la vid, ocupan enormes extensiones de terreno y que no exige una labor de todos los días, mientras que en los lagares y en las bodegas sí, y que para la época de las faenas están en el campo las quinterías. Quizá sea que las quinterías sustituyen a los pueblos. En mi recorrido por La Mancha he visto a los jornaleros de la tierra consagrarse en las tareas de la vendimia. El tiempo le puso ceño adusto a la recolección y las brigadas de vendimiadores se afanan en los pagos, bajo la llovizna. Por las trochas ruedan los tractores, con sus remolques cargados de racimos. Ruedo despacio por la carretera y observo lo que puedo desde el coche. Los racimos no son rubios y apretados de fruto, las uvas son granos ralos que se ensartan en fláccidos escobajos. Pregunto en Valdepeñas: “la cosecha es regular, nada más que regular, tirando a mala”, me dicen. La uva pasmó con los fríos inoportunos de junio y es muy posible, me pregunto con discreción, si por la campiña manchega no habrán planeado las neblinas, un enemigo que entra solapado y con ruindad y que resulta más dañino que la lluvia.
Estoicos y cazurros, los campesinos observan un panorama de preocupación. Ha estado a punto de dejarse la uva en la cepa y morirse de vieja, hacerse pasa y pudrirse en la soledad del campo. Envejecer con los pámpanos, cuando ya bermellones quedan a la espera de la poda. Han bajado tanto los precios que se ha necesitado un convenio con el gobierno para arreglar las cosas y poder disfrutar de vino con la denominación “Valdepeñas”.
Amo esta tierra, ha crujido el campo bajo mis pies, he coronado cerros, he comido en la misma sartén con pastores en su campo bermejo, he amado y he criado hijos en ella. Cuando la visito me recorre por la espalda un escalofrío de añoranza.
Si no canso, seguiré hablando de esta tierra, que es un mundo aparte en la geografía española.
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12 Septiembre 2009

Meses y meses sin llover. Talavera lo sufre. Sufren nuestros cuerpos la sequedad de este largo y tedioso verano. Se empiezan a secar las hojas de las vides y la sábana verde se torna morada, como un encerado suelo de eucalipto. Los árboles, fresnos y álamos, uno aquí, otro allá, son solitarios centinelas de una campiña huraña y agotada. Relucen las aguas plateadas del canal que lleva la vida a los huertos cuando lo manda la ley del hombre. Cuando no, el canal es una cinta curvada de hormigón gris con polvo y guijarros del tiempo. La alfombra, a veces del color de la gualda y a ratos pardusca, se estira al sol, y allá, en limpia lejanía, lucen los albos casares de los pueblos periféricos: Talavera la Nueva, Alberche, Gamonal, Velada, El Casar de Talavera… Son pinceladas de cal en el ocre del lienzo.
El día se iba lánguido y plácido, pero anoche la ciudad se oscureció; la luna, en franca decadencia, y los luceros, noctilucas celestes, se ocultaron para dar paso a la nube amenazante. Temblaba el cielo de ruidos y de luz. Y llovió. ¿He dicho llovió? Cuatro gotas, pero ¡cómo se agradecieron! ¡Cómo buscaba refugio la gente, cómo se dejaba mojar, cómo se esperaba el relámpago, cómo se contabilizaba la distancia, cómo se observaba el reventón de la uva de agua en el suelo! La tierra, en un último suspiro, exhaló su aroma alotrópico propio del momento y volvió a su ser, como si nada hubiese sucedido. Ni un charco quedó como traza, ni una salpicadura de coche en su rodada. De nuevo volvemos a la normalidad, al calor opresivo, al agotamiento, a la aspereza, al estiaje. Este verano está siendo muy descortés: no nos anima con una tregua. Pero esto es La Mancha y sabemos que así es ella y así la aceptamos.
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8 Septiembre 2009
...QUE ASÍ ES LA ROSA

Esta afortunada y bella frase la escribió el poeta español Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura en 1956, refiriéndose al poema, exigiéndole perfección, estado en que nada falta ni nada sobra. La rosa es tan evidente que, por eso, constituye un misterio. La rosa es la desnudez de las flores. Todas, menos ella, aparecen emperifolladas, maquilladas. Desde su origen silvestre hasta su apariencia actual, más rica en pétalos y en tonos, no ha perdido su pureza y perfección.
En mi visita a una reciente exposición de pintura, percibo claramente que el galerista ha concebido la idea feliz de reunir a un racimo de artistas cuyo tema es la rosa. Puntos de vista distintos, hay para todos; pero las cosas no son lo que son, sino lo que cada uno ve en ellas. Así que en esta exposición veo un jardín cultivado por diferentes jardineros. Hay rosas para todos los gustos y sólo rosas en todos los lienzos. La rosa pone el nombre y el jardinero el apellido, y esto es, creo, lo que importa en arte. Y si analizamos en profundidad percibimos que no hay temas que se agoten al ser tratados, sino maneras diferentes de tratarlos.
servido por Mario
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1 Septiembre 2009
COMO TE CONOCÍ

Para Mónica, desconocida amiga (con su permiso),
que ha invadido gustosamente mi terreno
merced a unas partidas de billar on line
que la he disputado y de las que salí perdedor.
Cuelgo este relato, que viene al pelo con nuestro encuentro.
Cuando estudiaba en París, Ignacio tenía un gran interés en “convertir” a un doctor en Teología con el frecuentaba visitas. Sus muchas dudas lo delataban como un hombre pensador y de fe más que dubitativa, débil. Una noche, después de la cena, el doctor le invitó a jugar al billar.
- Ni sé jugar al billar ni tengo dinero para apostar.
Pero el doctor insistió e Ignacio aceptó jugar con una condición:
- “Doctor, si usted gana haré cualquier cosa que me pida por treinta días, pero si yo gano, hará lo que yo le pida por el mismo plazo”.
El doctor, que quedó atrapado con esta propuesta, pero sabiéndose ganador, entró al envite.

Ignacio jugó impecablemente, como si lo hubiera hecho desde el día que nació, como si hubieran jugado los ángeles por él. Sus biógrafos dicen que nunca sostuvo un taco de billar en su vida, cosa rara si nos atenemos a que había sido cortesano en Arévalo y soldado vano desgarrado antes de vestir los hábitos, pues luchó al lado de su señor en contra del regente de Carlos I, el Cardenal Cisneros, con el fin de conservar unas villas castellanas y rescatarlas del dominio de Germana de Fois. Así que tablas traía. Se dirigió al doctor:
- “Doctor, las manos que manejan este taco no son de Íñigo sino de Dios. Él está jugando por el premio mayor: usted”.
Con esta recomendación, naturalmente, el doctor no ganó una sola partida y tuvo que hacer los treinta días de Ejercicios Espirituales. De esta forma consiguió Ignacio el deseo perseguido durante tanto tiempo.
Dicen que cambió la vida del doctor y trabajó mucho para la mayor gloria de Dios.
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Mónica de la Torre, muchos éxitos en tu vida.
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25 Agosto 2009

Sotabarba de arponero, recio como su sedienta tierra extremeña, voz rotunda y cálida de rapsoda. Esa boca de labios paganos inventó al marinero de las palabras, y ese talante creó un nuevo estilo en el hacer periodístico. Como subdirector de un diario nacional de vanguardia, cuentan que en cierta ocasión el guardia de seguridad le anunció: “Señor, un pobre quiere verle”. Ordenó que lo subieran a su despacho. Ese “pobre” resultó ser después un conocidísimo escritor que vino a traerle su artículo calzando alpargatas. Jamás revelará quién fue.
Pero este hombre entregado al quehacer informativo, antes que nada es poeta, y la literatura, esa mujer hermosa que desdeña pretendientes, se amancebó con él para encaramarlo a cimas inéditas de placer.
Este hombre se llama Santiago Castelo.

Hoy de nuevo han bajado las palomas.
Quedaba el claroscuro de tu carne
en el atardecido del verano. Era un son
de mimbrales. Vieja sed que no cesa.
El sol en mil violetas desprendido
se fue por tus alcores. A lo lejos
se colgaba la pena de un lucero
en un suicidio lento y zureante.
Hoy de nuevo han bajado las palomas.
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SEREMOS…
Todos tenemos que morir. Tenemos
que irnos acostumbrando a esa partida;
todos, sin más, de labio en flor la herida,
tierra en tierra de amor, polvo seremos.
Abriremos los brazos. Sembraremos
nuestras manos de espigas y de vida
y otras manos esparcirán la henchida
cosecha de los siglos. Viviremos
en aquellos que siguen nuestros pasos,
el nuevo niño, la boca que en el beso
busca morder la niebla y el estío…
Viviremos en albas y en ocasos
y nadie notará nuestro regreso;
la misma agua seremos de igual río…
(Santiago Castelo)
servido por Mario
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27 Julio 2009

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RATONCILLOS
Era el párroco un hombre enjuto y bajo, que andaba menudito y ligero con un ruido de ropajes casi imperceptibles. Cumplía dignamente con su misión pastoral en un pueblo pequeño y miserable, hecho de polvo, yesca y yeso en terrenos infecundos de la estepa. Apenas salía de la iglesia, se movía por ella de arriba abajo, de costado a costado, examinando muebles, rincones y cobijos. La presencia de ratoncillos, que aparecían en los momentos más excelsos de la misa, soliviantaban a las señoras que dejaban de atender al párroco para salir huyendo de la iglesia. Si la presencia de estos animalitos crecía, decrecía a su vez la asistencia de feligreses.
El pobre cura había probado a la desratización con todos los productos habidos en la única tienda del pueblo, pero sin resultado alguno. Abatido, acudió a su obispo para desahogarse y justificarse por sus malos resultados, que no alcanzaban ni por mucho los objetivos a cumplir. Le rogó al prelado:
- Deme una solución.
- Debes dirigirte a una empresa especializada en desratización. Carga la cuenta al obispado.
Así lo hizo el párroco. Pero los profesionales tampoco lograron solucionar el problema. Volvió de nuevo el párroco al obispo y le contó el fracaso. Los ratoncillos seguían en la iglesia, campando a su aire, cada vez más numerosos.
El obispo, avezado en la mística y en la contemplación terrenal, le dijo al apesadumbrado curita:
- Padre, yo sé de los misterios que guían a los hombres, de los abrojos que no saben salvar en su camino y se desvían y pierden la fe. Voy a ir a su parroquia, repartiremos queso por los rincones y cuando salgan los ratoncillos, yo los “confirmaré” en toda regla a todos ellos. Verás cómo, después de la Confirmación, no vuelven a pisar la parroquia. ¡Esto en los hombres no falla!
servido por Mario
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24 Julio 2009
18 Julio 2009

Es la estatua más grande y famosa del mundo antiguo. Su impasible mirada ha visto desfilar a reyes, mendigos, locos, curiosos, intrépidos viajeros e incluso a toda una corte de arqueólogos y científicos que todavía continúan discutiendo acerca de su origen y significado. Su rostro fue injustamente castigado por los mamelucos, que no encontraron los desgraciados mejores blancos para su fuego de artillería. Siempre sucede, los necios no son capaces de pasar por la Historia sin dejar una huella de su estúpida existencia.
Inspiró a poetas y a soñadores, y su inconfundible figura fue reproducida hasta la saciedad en los añejos salones de la decadente aristocracia europea, como si la magia de su pose fuera capaz de devolverle a la rancia nobleza el esplendor de siglos atrás.
No se conoce como leyenda, está escrito. La estela de Tutmosis IV (la inscripción de la losa de este joven príncipe), mucho antes de llegar a ser rey, agotado tras una cacería se tumbó una tarde bajo la cabeza del gigantesco felino y tuvo un sueño premonitorio. Surgido como de una nebulosa, el Dios solar Harmakis, representado por la esfinge, se le apareció, indicándole que si desenterraba la estatua bajo la que reposaba llegaría a ser faraón de Egipto.
Tal y como nos narra la inscripción de manera literal, una voz le dijo: “Alza tus ojos hacia mí y mírame. Tutmosis, hijo mío, yo soy tu padre, el dios Horakhty keper Ra Aton. Te daré el poder real… la tierra te pertenecerá en toda su extensión…Los tesoros de Egipto y todas las riquezas de los demás países irán a parar a tus manos. Hace muchos años que mi rostro se volvió hacia ti, lo mismo que mi corazón. La arena del desierto sobre la cual reposo me oprime. Prométeme que atenderás mis deseos; porque tú eres mi hijo salvador, lo sé…”

Guiado por esta revelación y acatando las órdenes conferidas en el mensaje onírico, procedió a sacar de nuevo a la luz, tras milenios de olvido, al enorme felino, cumpliéndose años más tarde la profecía de la que había sido testigo. Esta es, grosso modo, la extraña experiencia que tuvo uno de los reyes de Egipto bajo la faz del león, y tanto marcó su vida que la reflejó en la piedra que hoy todavía podemos contemplar.
En fin, mi intención era daros a conocer mi mascota que cada vez que adopta la postura con la que se ve arriba, y es muy frecuente que descanse así, me hace recordar, indefectiblemente, la Gran Estatua de Egipto. Perdonar la broma y quedaros con el texto.
servido por Mario
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